El Blanquillo por el Zarzalar
Sensacional y exigente ruta a una cima emblemática de la Sierra de las Villas, que alcanza los 1.830 metros de altitud
El inicio de la ruta es el kilómetro 51 de la carretera A-319; que cruza el Parque Natural de Cazorla, Segura, Las Villas y El Pozo. Nos situamos en el aparcamiento de un conjunto de apartamentos turísticos, cercanos a Coto Ríos. Hay que tener en cuenta que caminamos por una zona ganadera con cabras, ovejas domésticas y terrenos particulares, por lo que hemos de ser extremadamente respetuosos y, si vamos con perro, debe ir sujeto con correa, para evitar que pueda atacar o espantar al ganado tanto doméstico, como al salvaje.
En el tránsito hasta la cima, se recorren antiguos caminos que unen las ruinas de hermosos cortijos de antaño. Aunque quedan solo las ruinas, todos los campos de cultivo que los rodeaban, los frutales, parras e higueras le confieren un especial regusto, evocando la dureza de la vida cotidiana en estos apartados lugares. Destaca, por ser especialmente bonito, el primer tramo hasta los cortijos de “la Ahormadilla o Armaílla”, pasando previamente por los cortijos de Simón. El llegar al cortijo del Zarzalar es un auténtico regalo para los sentidos; se mantiene habitado todo el año, viviendo la familia Serrano con cabras de raza Blanca Andaluza —declarada en peligro de extinción por la Junta de Andalucía— y ovejas segureñas. Además, siguen cultivando las tablas —terrenos llanos de cereal o leguminosas— y una tradicional huerta de regadío. El tramo del Arroyo del Zarzalar es delicioso, con abundante agua y frondosa vegetación, aunque también muy pendiente y bastante duro, sobre todo con calor. La recompensa llega con la cima del Blanquillo —o también cima de Pedro Miguel, conocido así porque un pastor llamado de esta manera murió de frío, congelado, junto a un pino de la cumbre—.
El Blanquillo es un espectacular otero, que domina todo el parque. Toda la vertiente norte del parque está ocupada por la hermosa Sierra de las Villas; al este, la maravillosa Sierra de Segura,y al sur, la Sierra de Cazorla, cerrando este magnífico círculo al oeste la singular belleza de la Sierra del Pozo. La impronta de la belleza y serenidad de la cima nos acompañará durante todo el recorrido. El descenso lo hacemos por el cortijo de los Pingos y la antigua CF del Cerezo es un camino muy perdido, colonizado por romeros, enebros y lentiscos. Aunque la vegetación ha engullido el camino este, se adivina el sentido correcto por las hormas y refuerzos, que se vislumbran a duras penas durante todo el trazado y la continua presencia de resiegos. Señalar la presencia de numerosas singularidades botánicas, destacando Ononis cephalotes, endemismo del sureste peninsular, compartido con el norte de Marruecos.
Es una ruta larga, dura y exigente y para su realización debemos tener una buena forma física e ir con la adecuada vestimenta y calzado —pantalón largo y botas de senderismo—, además de tener información detallada de la misma, previamente a su realización. Esta es una zona en un excelente estado de conservación, por lo que hay que ser extremadamente respetuosos, evitando dejar basura y no recolectar flora ni fauna.
La foto de la cima y el trazado de la ruta son de mi buen amigo y experto senderista Agustín García Martínez. Los topónimos nos los facilitó Andrés Serrano, pastor del Cortijo del Zarzalar.
Repartidos por todo el Parque Natural y siempre junto a los caminos, aparecen los “resiegos”. Son las antiguas “estufas” de la serranía. Ahora, que está tan de moda el llamado “desarrollo sostenible”, tiene un magnífico antecesor en el uso que se hacía de los pinos para poder calentarse durante el invierno. En la época en que los pastores pasaban días y noches durmiendo en la sierra y para calentarse, desde la base hacían una incisión en la cara resguardada de los vientos dominantes, de tal forma que por la herida rezumaba resina, a la cual se le prendía fuego —siempre de dimensiones reducidas—, manteniéndose una llama constante, durante la noche o los fríos días invernales. Cuando se marchaban lo apagaban y así, hasta la siguiente ocasión. Por supuesto se hacía de tal manera que la salud del pino no se veía afectada, manteniéndose verde y lozano.