Vivencias únicas en las huertas
Pocas cosas debe de haber en el mundo que le gusten más que quedar con sus amigos en alguna de las huertas de Castillo de Locubín y pasar el fin de semana. Es su gran pasión. “Tengo que estar muy liado para que me llamen y no vaya”. Casi imposible. Además, al menos una o dos veces por semana vuelve a su pueblo natal, del que se fue con 21 años para trabajar como policía local tras aprobar las oposiciones.
Él también tiene una huerta, como casi todos, con cerezos y árboles frutales, y disfruta yendo a regar o a realizar las tareas necesarias para el mantenimiento. La naturaleza le puede, le brillan los ojos cuando lo dice, igual que cuando presume: “Soy muy de pueblo”. Su infancia la pasó jugando con otro buen puñado de niños en las estrechas y empinadas calles, por las que ni siquiera pasan coches. Ahora, Rosales, que era la suya, se ha quedado desierta. Solo viven dos ancianas. Una de ellas, su madre. Es la parte del centro del municipio, pegada a la Torre del Reloj.
Le gustan las antigüedades en general y restaurar, también. De hecho, recuerda que de tres bicis hizo una. Un manitas vocacional. También es aficionado a la caza, lo que no está reñido con su afición a la naturaleza.
No se cansa de decir que le encanta su profesión y que se siente el hombre más feliz del mundo. No solo porque tiene un trabajo, algo que hoy en día ya es para sentirse afortunado, sino porque, además, disfruta con él todos los días, desde que sale a la calle. “Me gusta la relación con la gente, la comunicación y este trabajo me da esa posibilidad”. Se brinda siempre que lo necesitan, mucho, “a veces más de la cuenta”, apostilla él. Por eso le apasiona tanto su trabajo. Así se entiende todo. Aunque se pasan malos ratos, él intenta quedarse siempre con los buenos y, cuando alguna actuación sale bien, con la satisfacción de haber ayudado a alguien. “Aunque no te lo diga, solo con la mirada”. Eso acaba por compensarlo todo.
Castillo de Locubín es de esos lugares que no pillan de paso, hay que ir a propósito, un hándicap que ha marcado el paulatino éxodo de población. Así le pasó a Gabino, que salió, primero, dos años a trabajar en la construcción en Suiza, con solo 17, con su padre, que ya estaba allí, y después regresó para la mili a los 19 y ya se decantó por las oposiciones para policía. En Suiza había dinero, pero él buscaba más seguridad para su futuro. “Eso lo tenía claro”. Acudía todas las tardes a una academia a la capital, hasta que en el 90 aprobó y ya lleva 25 años en el cuerpo. Tomó posesión un 2 de mayo, en Torredelcampo, donde estuvo 14 años, luego otro en Granada y, los 10 últimos, en la capital jiennense, aunque su residencia familiar la tiene, con su esposa y 2 hijos, en el municipio torrecampeño. Precisamente, para Torredelcampo solo tiene buenas palabras, se siente plenamente integrado, lleva allí más de la mitad de su vida y está encantado, aunque sus raíces se hunden, profundas y fuertes, en Castillo de Locubín.