Vecinos de La Merced alzan sus voces ante una plaga de ratas

Gritos agudos en la noche, pero también en el día, en mitad del silencio. Son la alarma de los vecinos de la calle Capitán Aranda Alta. Cuchillos sonoros que emanan de la suciedad, de la pestilencia y de la podredumbre y que alertan de la vida paralela que subyace de la miseria en forma de roedores. Ratas cuyo tamaño es comparable con el de un hermoso gato.

16 may 2014 / 22:00 H.

Y, mientras, unos vecinos que no soportan más las incursiones de estos visitantes que cada vez son más numerosos. Familias humildes que no solo sufren los azotes del paro, sino también la dejadez y el incivismo de otros residentes. “¡Hemos llegado a verlas correr en grupos de ocho o diez. Son tan grandes como conejos!”, dice, indignado, Manuel Díaz Cruz. El vecino del número 18 de Capitán Aranda Alta asegura, en su desesperación, que el pasado miércoles dejó un escrito al Ayuntamiento para denunciar la situación. Por su parte, la Administración local no dio explicaciones a este periódico.
En una estrecha travesía de la calle vive la familia de Vanesa Álvarez. “No podemos dejar abiertas las puertas. Se nos meten. Y el ruido que hacen por las noches es horrible. Además, yo tengo una niña pequeña y me da miedo”, se lamenta Álvarez, que muestra, junto a su vecina Ana Vanesa Godino, los vídeos que graban con sus móviles de los desagradables animales. “El otro día eché pegamento y algunas hasta se escapaban. ¡Están enormes!”.
En la estrecha calle, con el rabillo del ojo de un lado a otro, un grupo de vecinos se concentra de manera espontánea para denunciar la insalubre situación en la que se encuentran. Todos coinciden en el origen, en el foco: “Las ratas salen y entran  del número 11, una casa en la que no tienen ni váter”, dice Ana Vanesa Godino, mientras el resto de vecinos asienten. “Además esa casa es del Ayuntamiento”, aseguran.
Pero no es la única construcción que señalan. Y es que algunos vecinos achacan la presencia de los roedores a los números 13 y 15. “Los dueños tendrían que cerrar pues los inquilinos tienen hasta gallinas y siembran como en un huerto, además dejan la leña. Todo un reclamo para las ratas que va a la comida”, argumenta Ana Vanesa Godino.
Si en la suciedad de las casas  las ratas hallan su alimento, en los solares cuentan con sus hogares. Francisco Gabriel García López lo sabe muy bien. Residente de la calle Bazo —perpendicular a la callejuela por donde las ratas pasean en comuna—, el vecino, cuya casa colinda con un solar, asegura haber visto grandes roedores por su zona. “Por las noches las escuchamos a menudo”, dice García, quien recuerda que tiene dos niñas pequeñas. Y es que otros de los temores está en el ataque directo de estos animales a alguien. “Dicen que a una mujer le mordió una”, rumorean.
Entre la indignación y la pena de verse rodeados de roedores, los vecinos temen lo peor: el calor. “Cuando suban más las temperaturas no sé lo que veremos”. Mientras, se resisten a verse invadidos por rebaños de ratas alertados por los chillidos afilados que atraviesan el silencio.