Un trozo de sábado

A un matrimonio, le anochece el sábado entre las luces mortecinas de su cuarto de estar. La sala está presidida por los bostezos del marido que, a su vez, se inscriben en el otro bostezo mayor de las rutinas, de la cena, del programa de radio, de la conversación sobre asuntos tediosos y consabidos.

    16 mar 2013 / 09:36 H.

    Puesto que es sábado, después de cenar, el matrimonio sale para ver una de esas películas donde las razones de la felicidad al final se imponen. “¡Es una tontería!”, comenta, aburrido, el marido al salir del cine, pero a la mujer la película le ha dejado algo dentro, “la lamparilla juguetona, viajera, de un deseo vago”.  Cuando regresan a casa entre el bullicio de la ciudad, él mete la llave en la cerradura y ella, a su lado, mira con “ojos inquietos” a un joven paseante que le recuerda a uno de los actores de la película, a “ese bribonazo de John…desgarbado, con ojos de niño y unos dientes alegres de perro”. En el momento en que la mujer de nuevo va a dejarse tragar por el bondadoso tedio de la casa, siente que “el sábado se iba por la calle abajo” y se pone a rebuscar en su bolso algo impreciso, no sabe qué, un pañuelo quizá, tal vez “el pedazo de sábado que le faltaba”.

    Lo que antecede es un resumen del cuento Ojos Inquietos de Medardo Fraile, uno de los escritores de narrativa breve con más peso (con más conciencia de lo que es el poder de la escritura) de nuestro presente. Medardo murió el día 8 en su semiexilio de Glasgow y qué menos que recordarlo aquí cuando él nos regaló cuentos briosos y exactos, parecidos, si eso fuera posible, a ideas o luces esculpidas. Qué menos, entonces, que tratar de retenerlo. Qué menos que releerlo. La madre de Medardo fue doncella de una señora de Úbeda, que se transformaría en su madre vicaria cuando murió la suya. Esa circunstancia le hizo pasar parte de su infancia en esa ciudad, y añorar el trozo de sábado que se le quedó olvidado en su infancia ubetense. Mi amigo Rafael Bellón, que lo acompañó por nuestra ciudad, puede atestiguar que Medardo no pudo encontrar lo que añoraba en su regreso a Úbeda, por más que, como la señora de Ojos Inquietos, rebuscara dentro de sí para encontrar lo perdido.    
    Quizá esta idea de que vivimos en la superficie de unas vidas cuya hondura apenas alcanzamos a tocar con la punta de los dedos, es la que pretendió subsanar Medardo con cada uno de sus relatos. Decía que la buena literatura saca a la realidad de la alacena y la convierte en mundo o que un cuento dice algo tan esencial que se hace una gota de sangre del lector. Y es digno de subrayar que las frases anteriores, lejos de ser una mera declaración de principios, las materializó en unos relatos que, por lo demás, están escritos con palabras que encajan entre sí con la precisión de dovelas.
    Lean a Medardo Fraile con el fin, si no de homenajearlo por su muerte, sí al menos de darse un festín de espléndida literatura. Quizá, de paso, encuentren los trozos de sábado que nunca vivieron. 

    Salvador Compán es escritor