Un tranvía llamado deseo
Como en la obra de Tennesse Wiliams el tranvía de Jaén parece haber encallado en medio de un conflicto de intereses. En esta ocasión sin embargo, resulta llamativo que la administración responsable del servicio, el Ayuntamiento de Jaén, haya olvidado el último y único sentido que puede tener una infraestructura de esta naturaleza: el interés general.
La primera ciudad en introducir el tranvía en España fue Bilbao en 1896, y desde entonces su vida ha sido un tanto azarosa. Los tranvías fueron comunes durante gran parte del siglo XX, pero se fueron desmantelando en los años 60 y 70, aduciendo razones de entorpecimiento del tráfico por las calles de las grandes urbes. Mucho después, volvieron a ser introducidos a fines del siglo XX para solucionar de una manera sostenible los graves problemas de movilidad de muchas ciudades. Valencia, fue la primera ciudad española en reintroducir el tranvía en 1994, con un éxito que lo ha llevado a ampliar las líneas en tres ocasiones. A Valencia siguieron otras capitales con igual éxito, como Alicante, Bilbao, Barcelona, Parla, Sevilla, Tenerife, Murcia, Zaragoza, etcétera. En Jaén, una ciudad con un serio problema de movilidad, entre otras cosas por el embudo que suponen sus dos grandes avenidas, se planteó también el tranvía como la solución de movilidad para miles de jiennenses que todos los días circulan entre el centro y el sur de la ciudad por motivos laborales, de negocios ó médicos, a lo que se añade ya el gran movimiento universitario. Es un grave error ver esta infraestructura como una idea personal o propia de un equipo de gobierno y no como la solución más adecuada a la movilidad urbana e interurbana de la capital. El caso del tranvía de Jaén requiere un sosegado análisis y posicionamiento firme por parte de los ciudadanos y ciudadanas de Jaén, que son quienes deberían tener la última palabra en este asunto. Porque al margen de la importante inversión ya realizada (más de 120 millones de euros), tenemos un problema sin resolver, por el empecinamiento personal de un alcalde que ha olvidado el sentido último de su cargo, que no es otro que ejercer con honestidad como fiel servidor público y encontrar soluciones a los problemas de la ciudad. Los tiempos donde la acción política en temas trascendentales, se mueven sólo por el interés de quien los gestiona y no por el bien común deberían estar superados.
Isabel Martínez es periodista