Un país parcheado
España es un parche sobre un siete que ya no sangra, sólo tira pus por las costuras. Una fotografía aérea muestra un inmenso parcheo de carreteras tercermundistas entre olivares que posan para el siglo XXI. Una historia bajo miles de puntos de sutura. Ya no se estila esta manera de ocultar los rotos que han dejado los estraperlistas en el corazón de los braceros y jornaleros cuyas vidas han transcurrido bajo esa capa de barro que no deja ver su lento exterminio histórico. Madrugada de la noche más larga, quizá la última noche más larga.
El viento ha tirado todos los contenedores. Desgraciadamente para los perros y felizmente para las gatas anoréxicas. Los políticos, estos servidores de la patria, los habían vertido en los camiones. Nada que comer, nada, pues, que vomitar. El viento trae la memoria seca de un país abierto en canal delante de los carniceros. La memoria del viento se lleva la vida a esconderla debajo de las fotografías aéreas. Esta provincia, este mundo en que hemos convertido la tierra. Este es, a la medida de Europa y América del Norte, un enorme catálogo donde se ofrecen más deseos tercermundistas de los que podemos albergar. Tampoco es posible adquirir todas esas mercancías porque no hay tiempo ni espacio suficientes para tapar la ansiedad construida hacia dentro. Los recovecos que quedan al aire se tapan con parches de otros deseos taponados: se le llama realidad. Este país está en la lonja financiera como mercancía. La revolución capitalista hizo tiras del muro de Berlín y lo vendió como relicario. Ahora se está vendiendo en un lote, en una urna la voluntad estafada del pueblo, los cadáveres sin nombre son desmenuzados para alimento financiero. Jamás el desprecio por la vida fue tan rentable para la empresa privada y jamás un gobierno democrático encontró tan suculentas inversiones: el descosido de una tierra sin Estado por donde se le vacía el pus. Las banderas son parches, sus himnos son parches, sus instituciones son parches. Estamos asistiendo a la reinvención de una institución tan rancia que intenta trasmitir nuevos augurios de estabilidad cuando la estabilidad sólo sería posible con el derrocamiento de sus augurios, tan imposible como creer en algo. Un parche como los millones de parches abiertos por donde transpira la indecencia de los gobernantes, una indecencia que vuelven a tapar una y otra vez con el más barato e insolente conglomerado de alquitrán, esperanza, voluntad, creatividad, y cientos de vocablos arcaicos. Nuestra medida no es Europa ni América del Norte, sino la de ciertos países africanos, que viven, al menos, sin parches, con sus atributos al aire libre y con más decoro.
Guillermo Fernández Rojano es escritor