Sobre valles y cumbres
El relieve quebrado de España, a veces, parece el dibujo de una opinión ciudadana hecha de valles y de cumbres, como si en un país montañoso sólo pudiera darse la diferencia irreconciliable de posturas y los desencuentros del bipartidismo.
Como si la mitad de nuestros conciudadanos anduviera por tierras de vega y la otra mitad por las aristas de las cumbres. Aunque no quisiera caer en la simplificación de hablar de las dos Españas machadianas o de acudir al cuadro de Goya en el que se representa a dos paisanos condenados a entrematarse a garrotazos, en ocasiones esas dos metáforas parecen buenas para describir nuestra vida en común, porque se podría afirmar que el equilibrio en asuntos esenciales anda aquí a garrotazos, y una de las dos Españas le hiela el corazón a la otra media. O, con palabras de Larra, la mitad de España muere a manos de la otra media.
No parece posible que en estas tierras de relieve se pueda bajar al llano para acordar pactos de Estado que den continuidad a lo que más necesitamos: la educación, el empleo, la interpretación de leyes fundamentales, la protección del territorio. Y, sin embargo, se trata de unos asuntos en los que los profesionales de la política tienen la obligación elemental de conseguir un consenso de mínimos, y, sólo después, dedicarse a su propia visión de los demás aspectos de la vida pública. Ésta debería ser la condición para existir en política, y la exigencia de mínimos democráticos de cualquier ciudadano. De otra forma no se puede hablar, sin engaño, de servicio público.
Por si fuera poco seguir contemplando el eterno fracaso de los pactos sobre empleo o educación, ahora viene un ministro salido de una sacristía para poner en peligro el logro básico de dar a la mujer lo que es de la mujer: el derecho a interrumpir su embarazo. Es eso lo que afianzó el Tribunal Constitucional cuando en 1985 sentenció que el feto no es persona y que, “si se protegiera incondicionalmente, se protegería más la vida del no nacido que la del nacido y se penalizaría a la mujer por defender su derecho a la vida”. Por ello, la ley de 2010 pudo establecer que en las 14 primeras semanas de embarazo la libertad de decisión es sin más de la madre. Sin embargo, nuestra falta de consenso nunca muere y, en apoyo de los proyectos antiabortistas de Gallardón, otro ministro compara la interrupción voluntaria del embarazo con el terrorismo o una diputada de la derecha asocia a quienes abortan con la incultura. En este caso, como en el de la educación, lo que en el fondo nos impide andar por las llanuras de los encuentros es que en el debate se quieren imponer creencias y no ideas, sentimientos y no razones o, en ocasiones, el terror sagrado y no los valores democráticos.
Así que uno anda acordándose sin remedio de los valles y cumbres de Goya, de Larra o de Machado. Incluso, cuando escucho a Gallardón, una voz de pesadilla me dicta la sentencia de Valle-Inclán: “En España siempre reina Felipe II”.
Salvador Compán es escritor