Si yo viviera en Torreperogil
A casi todo se acostumbra uno, pero a que te tiemble el suelo a diario, es mucho pedir, señor Lillo. Si ese es el consejo más sabio en esta situación, no se necesitan alforjas. Para echarse a temblar, más que con los propios terremotos. De acuerdo que ante ciertos fenómenos naturales no se pueden hacer predicciones fiables al cien por cien y aun menos en una zona en la que no existen registros de movimientos sísmicos importantes con anterioridad. Pero, con ese mensaje, más que tranquilizar, es como recomendar al personal que se encomiende cada cual al santo de su devoción.
Se valora la buena intención, que como el valor del soldado se presupone, pero hace falta un mínimo argumento técnico que ahora mismo nadie se atreve a dar. ¿Tan misterioso es el asunto? Si los geólogos no lo encuentran que llamen a un experto en asuntos paranormales. Si fallan las explicaciones científicas habrá que tirar de visiones de pitonisas o iluminados similares. Pero no esa incertidumbre que ya dura desde el mes de octubre y sin un final previsto. Por lo menos queda descartado el fin del mundo, una vez que el fatídico día 21 de diciembre pasó sin pena ni gloria.
Con tanto tembleque permanente, los edificios comienzan a resentirse, lógico, y las grietas afloran por doquier. Las iglesias de Sabiote y Torreperogil están cerradas, por si las moscas o como medida preventiva, para decirlo con propiedad. Pero no hay que alarmarse. Todo es por si acaso. Que se hayan actualizado los planes de emergencia es un avance, aunque mejor no tener que ponerlo en práctica. Ante semejante panorama casi surrealista no extraña que muchos vecinos no se atrevan ya a dormir en sus casas, por temor a temblores nocturnos. Casi tres meses es mucho tiempo para casi todo.
Mientras tanto, pasan los días sin perspectivas de volver a la normalidad a corto plazo, sin fecha final para acabar con la zozobra, como si de la crisis misma se tratara. Al final tendrá razón el subdelegado y acabaremos por acostumbrarnos. No nos queda otra.
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