Si yo fuera familia de Rubén
Por desgracia, no creo que sea el único caso de inocentes en prisión. Presuntos inocentes, con perdón. Pero el de Rubén Muñoz sí que pasará a la historia como uno de los más mediáticos, porque de eso se ha encargado su familia, sembrando la capital de carteles y publicidad de todos los tamaños clamando justicia para él.
Diez mil personas se han sumado hasta ahora a una campaña de firmas para respaldarlo, en una movilización social que pretende sacarlo de una celda en la que ya ha cumplido un año y otros cinco más que le quedan aún de condena. Si es que no sale antes, como pretenden sus familiares.
La fatalidad se ha aliado en el caso de este joven, a tenor de todo lo sucedido hasta ahora, si se tiene en cuenta que el principal argumento para condenarlo ha sido la declaración de la propia víctima, que perdió la visión de un ojo en la agresión y que, paradójicamente, asegura en una declaración posterior al juicio que no tiene claro que fuese Rubén el agresor. Confesión que está grabada pero que no se admite como prueba. Ahora es la Sección Segunda de la Audiencia la que debe decidir si admite el recurso de la familia basada en ese nuevo testimonio, una posibilidad no remota, ni imposible, pero sí sospechosamente complicada, porque esa misma sección fue la que ya lo condenó en su día. Maldita suerte.
Sin discutir la decisión del juez que no admitió la grabación como prueba, —Dios me libre—, es humano y lógico que la familia insista hasta el infinito y más allá, que agote todo lo habido y por haber para demostrar una inocencia de la que están absolutamente convencidos. Si yo fuera familia de Rubén lucharía hasta la última instancia judicial, hasta el último recoveco legal, no haría otra cosa de lo que ya están haciendo ellos. Pero no me gustaría estar en su lugar. Ni en el de la persona que perdió un ojo y nunca más lo recuperará. Y muchísimo menos, por nada del mundo, en el de los magistrados de la Sección Segunda.
Juana González Cerezo
Blog Gota a Gota