Si yo fuera discapacitado
Lo primero que se llevan por delante los huracanes son las chabolas y, si arrecia el temporal, quizá después les toque a las viviendas con fuertes cimientos. Los débiles son los primeros que caen, porque tienen menos a donde agarrarse. En pleno azote de medidas de ajuste y recortes presupuestarios a sangre, hay un colectivo que sufre antes y más que otros: los discapacitados y los dependientes. La administración pública no puede ser una morosa más, no puede asfixiar a asociaciones que hacen un trabajo al que ella no puede llegar jamás.
La indefensión es absoluta, porque quien tiene el deber de protegerte es el primero que te estrangula. La morosidad oficial y pública es la guillotina para estos colectivos de ayuda que se ven abocados a dejar de prestar servicios fundamentales. ¿O van a tener que empezar a suicidarse los afectados para que nuestros políticos se pongan de acuerdo y hagan algo, como con los desahucios?
A la hora de eliminar ayudas debería haber un límite moral, unas partidas intocables, pero después de lo que ha pasado con las pensiones, está claro que no hay honorabilidad que valga. Donde hoy digo “digo”, mañana digo “Diego”. (Mariano Rajoy, septiembre de 2012: “Si hay algo que no tocaré serán las pensiones”). Una sucia política económica del todo vale si es por cumplir con el déficit. Paisano Montoro, señor ministro de Hacienda, ponga usted un poco de cordura entre sus colegas de Gobierno, que sabemos que la tiene. O la tenía.
Si al lastre que supone sufrir algún problema físico o psíquico se une el hecho de ser mujer, ya apaga y vámonos. No somos iguales, pero tenemos derecho a ser tratados como tales. Discapacidad no debe ser entendido como sinónimo de defecto.
Si yo fuera discapacitada, me colgaría una etiqueta que el otro día vi en un pañuelo y que me dejó impresionada: “Este producto está hecho a mano individualmente. Cualquier irregularidad es inherente al tejido y no es un defecto”. Preciosa definición del ser humano.
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