Si fuera casetera en San Lucas
Agrandes males, grandes remedios. Hoy se echa el cierre a un San Lucas especial por el buen tiempo, pero con animación solo algunos días. Los caseteros tienen que saber reinventarse si no quieren que la feria como tal tenga los años contados. Porque con las mismas migas, paellas, patatas a lo pobre y flamenquines de siempre no se va a levantar el vuelo por mucho que la situación meteorológica sea la mejor del mundo y no caiga una gota en los nueve largos días de feria.
Hay que dar la vuelta a la tortilla, nunca mejor dicho, y atraer a ese visitante que ahora prefiere comer en el casco antiguo y marchar después al ferial. Por algo será.
Desterrar la cultura del todo vale porque estamos de fiesta. No señor, así no. Muchas palmas y jarana, pero la calidad no debe perderse, ni en el cubata, ni en las croquetas. Los inspectores no dejan cocinar fuera de las casetas pero, ¿vigilan con qué grasa se hace en la capital mundial del aceite de oliva? El virgen extra tenía que usarse por decreto, por imperativo legal.
Luego, si la calidad es elemental, la cantidad también. Llega la hora de sentarse y redimensionar la feria. ¿Son demasiadas casetas? Vamos a plantearlo, al menos. Quizá será mejor menos, pero con más espacio y servicios óptimos, con más comodidades, por mucho que sea algo efímero que dura poco más de una semana al año. La provisionalidad como paraguas de la chapuza. He ahí la cuestión. Ayuntamiento y caseteros, la concejal del área Cristina Nestares y el presidente del gremio, Gabriel Soria, actores principales de esta película, tienen en su mano revitalizar San Lucas; por un lado, ajustando más las tasas a los tiempos que corren, para empezar y por otro, con más imaginación si no quieren quedarse sin público. Las excepciones fantásticas, que haberlas haylas, no lucen lo suficiente para dar brillo a un mapa casetero que se copia a sí mismo hasta el infinito y no avanza.