San Isidro, labrador e indignado
Se adelanta el verano y en muchos pueblos de nuestra provincia la música se instala en las plazas, las fachadas lucen blancas, balcones geranios, y el aroma a rosas y azahar acompaña a sus gentes que celebran el día de su patrón, San Isidro Labrador.
Pero este quince de mayo, otras plazas son protagonistas por albergar el movimiento pacífico y reivindicativo del colectivo de indignados que claman por una democracia más participativa y una auténtica división de poderes. Se solapa fiesta e indignación en una agricultura más amenazada que nunca y con la necesidad de convertirse en el sector refugio de miles de trabajadores desesperados, desempleados. Los productores asisten indignados a la guerra entre grandes superficies, con el aceite como producto reclamo provocando el desplome del precio, y viendo como la gasolina o el mismo aceite de girasol ya cotizan por encima. Lejos del umbral de rentabilidad el productor apenas puede atender los costes de recogida, quedando al descubierto la financiación y amortización de finca y maquinaria. La crisis azota a todos los sectores, desde la construcción a la industria, pero en el caso de la agricultura se ensaña especialmente. Sin embargo la Europa de todos y cada día de menos gente, sigue obsesionada en salvar al sistema financiero, sin límite alguno aplicando los recortes que sean necesarios al estado de bienestar. Poco importa la agonía del sector agrario en general y el del aceite de oliva en particular, con una propuesta de reforma de la Política Agraria Comunitaria que nos invita a acampar en la Plaza del Sol de Bruselas. Con un sector atomizado, sin negociación en origen, se necesita el liderazgo de un Santo Patrón que contribuya al consenso en la toma de decisiones, que permita ganar en competitividad mediante la orientación al cliente. Las autoridades monetarias, muestran una generosidad desmedida al convertir en pública la deuda privada de bancos contaminadas por activos tóxicos, por miedo a los efectos de quebrar la confianza en el sector financiero. En el lado contrario, tenemos en Jaén un ejemplo de entidad financiera saneada e inmune a los avatares de los mercados. La Caja Rural de Jaén, como hermoso combinado entre lo financiero y lo agrario, muestra con orgullo sus cuentas, y proyección. En la época de la burbuja inmobiliaria incluso los “mafo” le instaban a invertir más en ladrillo, a los que sus dirigentes, fieles a su estrategia, seguían apostando por el desarrollo local, y el sector primario como línea clave de su política. Y es que no se puede olvidar que el sector agrario contribuye más que ninguno al asentamiento de la población a los núcleos rurales, al desarrollo endógeno, y al respeto medioambiental; y Jaén es ejemplo de ello.
Rafael Peralta es economista