Rompiendo cadenas y estereotipos

Antonio Heras / Jaén
Un oasis, un reducto de libertad, compromiso y mejora personal. Así perciben la Unidad Terapéutica y Educativa (UTE) muchos internos que han firmado el contrato para entrar en ella, requisito indispensable por el que se comprometen a dejar la droga y la violencia. A cambio, reciben una valiosa oportunidad para cambiar sus vidas.

    19 nov 2012 / 10:40 H.

    “Te enseñan a ser padre, a ser hijo, a ser marido”, cuenta un interno de unos treinta años con voz segura. “Te conciencian de lo que es la realidad y de que tienes que estar ahí si tu familia está pasando fatigas”, añade, ante la mirada aprobatoria del resto, en una de las salas de reuniones de la unidad. Aunque las instalaciones se encuentran en el corazón de la cárcel de la capital, constituyen un universo aparte. De hecho, los internos de la UTE no se relacionan de ningún modo con el resto —para evitar enfrentamientos o “trapicheos” de sustancias no permitidas— y deben firmar un contrato previo a su aceptación en la unidad. Por medio de su rúbrica, se comprometen a dejar las drogas y a abandonar la violencia física y verbal.
    Parte de su peculiaridad reside en su organización: los funcionarios priorizan la labor educativa por encima de la mera vigilancia, mientras que los reos se implican, de manera directa, en el día a día, en las actividades y en su propia curación y desarrollo personal, a través de talleres, cursos, charlas y otras múltiples actividades que rellenan casi por completo su calendario vital. Los 120 internos incluidos en la UTE jiennense se subdividen, en primer lugar, en los llamados grupos terapéuticos, compuestos por una docena de reos y dirigidos por dos tutores —trabajadores de la Prisión—. Dentro del grupo, a su vez, hay categorías: están los apoyos, que son los internos más avanzados en el proceso y desarrollo curativo y de normalización; y los representantes, un escalón por debajo, pero que ya han dado muestras de sus avances.

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