Programar la fragilidad
En un reciente reportaje de televisión, el ingeniero Benito Muros contaba los chantajes que ha recibido para que deje de fabricar su nueva bombilla de leds. Este producto ahorra hasta el 92% de energía, desprende un 70% menos de CO2, y tiene una duración ilimitada; de hecho, Muros respalda sus bombillas, que se pueden comprar por internet, con una garantía de 25 años.
El acoso al ingeniero se deriva de haberse atrevido a poner en pie una herejía contra el mercado, uno de cuyos mandamientos dicta que ningún producto debe durar, sino que tiene que ser caduco y desechable. Todo lo que se compra debe estropearse para que se adquiera su sustituto y así se alimente la infinita cadena del consumo. Es la ley infame de un capitalismo que necesita vender si no quiere suicidarse. Y no se trata solo de que las empresas, a través de la publicidad, creen necesidades y vendan ideas (o espejismos) más que productos, sino de que planifican sus artículos para que salgan de fábrica con la muerte inoculada en sus componentes. Es una práctica que se conoce como obsolescencia programada, es decir, decadencia o desuso calculados. Planear la fragilidad de los productos con la aritmética artera del beneficio. Utensilios hechos para tirarlos cuando, sin mayores gastos, podrían ser fabricados para sobrevivirnos.
Detrás de las presiones a Benito Muros y a su lámpara maravillosa, existe una siniestra historia de un cártel, formado por los principales fabricantes de bombillas del planeta, que acordaron fabricar lámparas que nunca duraran más de 1000 horas. Estos ecologistas al revés (y especuladores al derecho) lograron su propósito hacia la mitad del siglo XX. Pero ni mucho menos están solos en su muy altruista batalla para mejorar la vida de los ciudadanos, porque igual sucedió con las fibras textiles o con los electrodomésticos o con los automóviles o, en un suma y sigue interminable, con las impresoras o con las baterías para ordenador.
Goza de tanta salud la obsolescencia programada que tiene perversas ramificaciones por todas partes: desechables son las prendas de vestir, la pareja, la sociedad del bienestar, las palabras, los teléfonos móviles o la solidaridad. Hasta la lógica política nace para morir enseguida cuando, por ejemplo, Montoro declara que los presupuestos de este año “son los más sociales de la historia”. ¿Qué tiempo de vida tiene una frase así? Habría que preguntárselo a los millones de parados, cuyo puesto de trabajo también tenía una fecha de caducidad escrita en la avaricia financiera.
Según parece, esta tendencia solo es negada por la naturaleza; en ella, nada se destruye, la muerte alimenta a la vida, la materia se absorbe en la materia y nunca cesa el ciclo de regeneración. Pero la anterior afirmación se tambalea si se piensa que es precisamente la caducidad programada de los productos la que está matando a la naturaleza al saturarla de polución y de basura industrial. O si recordamos otras intervenciones humanas, como el proyecto de la nueva Ley de Costas, que pronto eternizará el conglomerado de cemento de nuestro litoral.
Salvador Compán es escritor