Por un plato de lentejas
Si hubiera una guerra contra un hipotético enemigo la economía se resituaría, reequilibraría y resurgiríamos con más fuerza de nuestras cenizas. El pueblo se emocionaría bajo un sentimiento de unidad mientras que las cúpulas altas, aprovechándose de ese tradicional sentimentalismo, harían caja. Nada nuevo. Así ha sido desde que el hombre es hombre, ese lobo para sí mismo.
La guerra como higiene del mundo, ya lo dijeron los futuristas, hace ahora más o menos un siglo. Sin embargo, nunca hubo Estado del Bienestar y, si seguimos a este ritmo, tal y como se vio en tiempos no demasiado lejanos —y que a algunos les gustaría revivir—, encontraremos más gente analfabeta, es decir, fácil de manejar, fruto de una educación pública degradada y desprestigiada, más ancianos en situaciones de extrema necesidad, o en la miseria por el debilitamiento de la Seguridad Social, y un sistema de sanidad precario, auténtico chollo para los proyectos de privatización. El pueblo, o sea trabajadores y clases medias, que resiste a las adversidades y humillaciones como ningún otro estrato social, suele ser condescendiente con el poder, aunque le cueste su propia ruina. Su natural estado, conservador. Por eso se ven también en esta época de crisis cosas raras, muy raras: gente —que creías firme como un roble— tambalearse ante el viento, miedos y contradicciones, falsedades e indignidad, cambios de chaqueta sorprendentes, intereses de lo más extraños renacer y hacerse notorios, alianzas por un plato de lentejas.
Juan Carlos Abril es escritor