Pongamos que hablo de Cela

Creo estar en lo cierto al pensar que quienes hemos tenido el alto privilegio de haber trabajado junto a un genio de la talla de Camilo José Cela tenemos no sólo el derecho sino también la adquirida obligación de trasladar hasta el lector nuestras vivencias y experiencias a su lado. Un servidor opta por la forma de libro como medio más idóneo de llegar hasta la opinión pública precisando el matiz del consciente alejamiento de cualquier secreto de alcoba que ni es de mi incumbencia ni enriquece la inquietud del celiano lector.

    08 feb 2013 / 10:53 H.

    Haber desempeñado el puesto de secretario personal o colaborador directo de un clásico de nuestra Literatura confiere a quien escribe ese mínimo grado de autoridad del que se precisa para ejecutar tal licencia. Confieso, sin titubeo, y con el ánimo de disipar cualquier atisbo de duda, que no fui “negro” de Cela, pero sí un ayudante de su inigualable proceso creativo, incluso confidente —otros se refieren a mi función con el galicismo “edecán”— aunque, sobre todo, un fiel lazarillo. Y me honro. ¿Qué serían de los maestros si no existieran los discípulos que siguieran recordándolos?, y al contrario, claro está, si bien esto último fuera innecesario reflejarlo por caer por su propio peso. Mi anuncio en algún medio, de tal propósito editorial, no ha gustado a todo el mundo. Obviamente lo suponía, pero a Cela —como a Cervantes— se le estudiará dentro de cien años desposeyéndolo de ese “polvo” y “paja” innecesario para recomponer su biografía más auténtica.

    Gaspar Sánchez