Platero y tú
Ha estado todo muy confuso durante las cuatro últimas décadas. Fundamos el futuro en un pacto que basaba la esperanza en el olvido. Y aquí que estamos de nuevo: intentando, unos, reactivar la esperanza —que no es lo último que se pierde sino lo primero—, y otros, la memoria, pero la más boba, la de un adanismo minusválido por la insolidaridad que articula su empeño, pequeño y burgués, nihilista, nacional. Con todo, ya que afirmar es siempre clásico, primitivo y modélico socialmente pero este apunte encierra una negación salvajemente romántica que impugna nuestra naturaleza,
Ha estado todo muy confuso durante las cuatro últimas décadas. Fundamos el futuro en un pacto que basaba la esperanza en el olvido. Y aquí que estamos de nuevo: intentando, unos, reactivar la esperanza —que no es lo último que se pierde sino lo primero—, y otros, la memoria, pero la más boba, la de un adanismo minusválido por la insolidaridad que articula su empeño, pequeño y burgués, nihilista, nacional. Con todo, ya que afirmar es siempre clásico, primitivo y modélico socialmente pero este apunte encierra una negación salvajemente romántica que impugna nuestra naturaleza,permítanme sacar el arte a colación, por más que alguien me reproche desde la Política poética de JRJ que me parezco a aquel “malagueño que cuando recitaba Platero y yo sacaba un burro al escenario”.
Los primeros artistas modernos lo fueron por poetas: creadores fantasiosos, ciudadanos de frontera, se movían sus obras gracias a la memoria involuntaria, la que irrumpe en el presente desde el pretérito de modo salvaje, sin dejarse gobernar por su dueño, abrumado cuando ve que su pasado acampa inocentemente en su presente para revelárselo entonces como un futuro fracasado. Los artistas de estas postrimerías de la historia son, por el contrario, casi todos filósofos, presos de su juiciosa memoria voluntaria, algo falsa de ordinario porque solo trae hasta el presente las imágenes que al yo recordante le interesa rescatar de su pretérito, un territorio siempre sobrado de esperanza, como tanto le gusta a la maquinaria del sistema.
Si el mercado de la cultura hegemónica ha explotado a los artistas modernos pagándoles el precio que su vanidad insaciable reclamaba, a sus destinatarios nos ha inyectado el narcótico más perverso: la mayoría de la gente culta somos masa con ínfulas de élite que nos creemos a salvo de cualquier remordimiento. Los cómitres espirituales de la posmodernidad supieron vendernos a todos sus públicos su sotana más raída, la del súbdito que ha de elegir entre embriagarse durante el tiempo que no consume en ganarse la vida o ser infeliz porque la historia aplasta su conciencia con el don de su obviedad. Sí: desalentemos las artes que nos recuerden con nostalgia nuestras esperanzas perdidas pero no nos devuelvan la memoria radical de aquello que todos fuimos olvidando.
Juan Manuel Molina Damiani es escritor