Pirómanos y políticos

Fuego a todos los políticos”, se podía leer en la pancarta de una reciente manifestación, como si esa frase fuera la punta del iceberg de un estado de opinión que ha prendido entre un sector de la ciudadanía. Prescindiendo del fuego purificador de la pancarta y en un tono más comedido, se pueden escuchar expresiones parecidas en conversaciones y tertulias televisivas, y, con frecuencia, hemos leído que se necesitan recortes para quienes tienen responsabilidades de gobierno, ERES para los políticos, esa casta tan numerosa como parásita, esa plaga, esa ralea.

    15 sep 2012 / 09:15 H.


    Por debajo de esas opiniones, subyace la impotencia ante una realidad económica que no se somete a la voluntad de la Moncloa, que devoró a Zapatero y ahora se ha comido, o está a punto de hacerlo, a Rajoy, el hombre pasivo que, según afirma, solo puede oponer la medicina del sometimiento ante el voraz concierto de los neoliberales que nos están desmantelando el estado del bienestar. Aunque, a veces, debajo de las opiniones que desacreditan a los políticos, se deja ver la añoranza de líderes absolutos, de aquellos dictadores que solo necesitaban a serviles ejecutores para imponer su pensamiento único.  

    No hay sistema democrático sin políticos. Ellos son un bien público como lo son la sanidad y la educación y, entre los que se dedican a esta actividad, hay personas llenas de coraje y honestidad. Lo anterior bastaría para apagar las hogueras en las que algunos quisieran ver arder a todo nuestro sistema de representatividad. Pero no es precisamente el vacío político lo que necesitamos sino justo lo contrario: una regeneración de los gestores de lo público para que puedan asumir con fuerza su  protagonismo. El movimiento 15-M formuló en qué sentido habría que transformar a unos partidos que han creado una red de clientelismo, que han usurpado órganos vitales del Estado, como la Justicia o entidades económicas, y que, en no pocas ocasiones, buscan más su propia sobrevivencia que el bien social. Un comentado artículo de Cesar Molinas, publicado en El País del domingo pasado, insiste en estos aspectos, aunque distorsionando algunos de ellos. Sin embargo, tiene la virtud de plantear con claridad que el sistema se ha anquilosado, está impregnado con el veneno que él mismo genera y necesita una buena ráfaga de aire fresco.

    Desde aquel grito elemental y totalitario, “Fuego a los políticos”, leído en una pancarta, tendríamos que pasar a la voluntad de apropiarnos de quienes tienen responsabilidades públicas, quiero decir pasar a exigir que estén con caridad al servicio de los ciudadanos. Para empezar, se hace imprescindible legislar un sistema electoral realmente representativo, con listas abiertas y dotado de un mecanismo que permita rendir cuentas ante los electores. Lo demás es ruido y aire. Tan inútiles son los programas como las llamadas a la ética, porque la ética de una sociedad no se encauza con declaraciones de buenismo sino que se doma con el rigor de las leyes.    

    Salvador Compán es escritor