Penitentes por un día

De vuelta al día a día sin anestesia. Hoy se cierra ese mágico paréntesis que dibuja en el tiempo la Semana Santa. A partir de hoy ya no habrá tambores, saetas e incienso en el aire, ni cera derretida en el suelo. Ni ateos convencidos mirando embobados el paso de alguna imagen en su trono.

    04 abr 2010 / 22:00 H.

    Porque se acaban los siete días de pasión y todo vuelve a la normalidad. Y es que lo que no es normal es ver a toda una provincia en la calle, a nobles y villanos confundidos entre las estaciones de penitencia que se han multiplicado por todos los rincones, merced a una piedad meteorológica que ha permitido a las procesiones brillar en todo su esplendor, con excepción del lunes pasado. Si yo fuera penitente o nazareno estaría más que orgulloso del fervor espontáneo ese que se palpa, que se siente entre los que ven los toros desde la barrera, pero también entre los que torean dentro de la procesión con la mayor valentía. De esos jóvenes que una tarde de solecito y día libre prefieren meterse debajo de un trono a sudar y romperse la espalda antes que irse a beber alcohol hasta perder el sentido. Quizá no sea fe, porque el resto del año puede que ni aparezcan por la iglesia, pero algo es, algo que todavía no tiene definición en el diccionario. No es ser religioso, ni devoto, ni capillita. Es otra cosa, sí, sin término oficial que lo resuma. Igual que ver a un socialista de pura cepa, (dícese la alcaldesa, para más señas) a las cinco de la madrugada delante del trono de El Abuelo, con la mirada clavada en el infinito,  el rostro serio, casi morado, y la mano derecha aferrada a la vara de mando. Eso, desde luego,  es indefinible. A menudo se echa en falta más respeto, entre los que llevan el caperuz y entre los que ven pasar a las sagradas imágenes, eso es cierto, pero algo tiene la Semana Santa de Jaén, que no es ni andaluza ni castellana, y que brilla más que cualquiera. Hay que venderla mejor, que tome nota quien corresponda. Hoy resucita la realidad, para regresar a las obras del tranvía, a la subida del gas y al trabajo. Los que tengan la suerte de contar con él, claro.