Para que no me olvides

Se llama Carlos Fabra y le vuelan por la cabeza, como abejorros, los delitos fiscales, de tráfico de influencias o los de cohecho, pero sus gafas ahumadas siguen manteniendo una mirada de vidrio de donde saltan los duros destellos de su afán de notoriedad.

    14 ene 2012 / 10:32 H.

    Su nombre podría confundirse con el de otros políticos de la derecha levantina que andan siempre revueltos con el dinero espurio, gentes como Matas, Camps o Costa, a no ser porque los juicios van definiendo ahora el perfil de estos últimos nombres y a cada uno de ellos los subraya con trazos de suciedad. El de Carlos Fabra conserva cierta opacidad, pues todavía está en capilla judicial. Quizá por ello, se impaciencia en la espera del protagonismo que le dará el juicio y trabaja por su cuenta sin descanso para que no lo olviden.

    Un día de marzo de 2010, se juntó con Camps, llenó 30 autobuses con jubilados y se los llevó a invitarlos a un ágape para inaugurar el aeropuerto de Castellón. Era su aeropuerto y así se lo hizo saber a sus nietos: “¿Os gusta el aeropuerto del abuelo?”. Ahí podría haber acabado todo, pues es de suponer que un hombre ya ha cumplido su vida si es dueño de un aeropuerto, aunque este de Fabra no sea viable y, más que por el ajetreo de aviones, esté animado por una plaga de conejos que proliferan por las inútiles planicies de sus pistas.    

    En el esplendor de la civilización de Roma, los emperadores hacían erigir en los foros grandes estatuas que los representaban, toda una teatralización del engreimiento personal y del endiosamiento del poder. Esta costumbre parecía haber acabado con las estatuas de dictadores que llenaron las plazas del siglo XX y aún se metieron en el XXI, aunque ya en versiones tan degradadas como las que proclamaban a Sadan Husein o a Gadafi. Pero se diría que cuanto más huera e inmotivada es la vanidad más exige una estatua. A más vacío, más metros cúbicos de monumento. Con esta lógica perversa, Carlos Fabra quedará inmortalizado en una escultura a la entrada de su aeropuerto.

    Se trata de una especie de muñecón metálico, cuyo autor, un artista casi orgánico del PP valenciano llamado Ripollés, confiesa haberlo hecho inspirándose en quien le encargó la escultura, Carlos Fabra. El coste de esta mole es de 300.000 euros, pesa dos toneladas y de la enorme cabeza de la estatua saldrá un avión, utilizando una simbología de cómic, o simplemente cutre, que mostrará al mundo los desvelos del hombre que engendró al aeropuerto.

    En unos momentos en los que la calificación de la Comunidad Valenciana ha sido rebajada dos peldaños por la agencia Moody´s y en los que Carlos Fabra anda a la espera de la notoriedad que le darán sus próximos juicios, este prohombre, presidente del PP de Castellón, ya ha puesto los pilares para eternizar su nombre: 300.000 euros de despilfarro y dos toneladas de presunción. Para que no lo olviden. Y así será. Nos costará mucho poder olvidarlo. 

    Salvador Compán es escritor