Panfleto contra el conformismo
Sin remedio, nos encaminamos hacia un futuro próximo hecho con las ruinas del pasado. Viviremos recosiendo los rotos de estos últimos años, pagando la deuda y los intereses de los bonos estatales (que rozan el 7%, el límite a partir del cual nadie los compra) mientras que nos hacemos valedores del astronómico rescate a los bancos a través del FROB. Se da por segura una recesión (las pulgas acuden al perro flaco) que traerá un plus de sufrimiento, de pérdida de trabajo, de carestía, de una incertidumbre que se parece al miedo, y de un deterioro aún no calculable del estado de bienestar.
No quisiera emplear más tinta negra en la descripción de un panorama que, por otra parte, todos ustedes conocen. Lo que quisiera transmitirles es mi convencimiento de que se está consolidando, como si tuviera la legitimidad de una ley oficial, la hegemonía de la injusticia. Aplastando al país real, se ha asentado la costra de un país oficial que se afana por servir a los grandes inversores, que privilegia a los que más tienen, socializa las pérdidas y todo lo envuelve en el lenguaje taimado y contradictorio de los que están acostumbrados a la mentira. Los dos partidos mayoritarios andan a remolque de su propia impotencia, entre mutuas e insufribles acusaciones, y en el consenso de freír el pescado en el aceite achicharrado que nos sirven los especuladores.
Decía el filósofo Jean François Revel que lo que define a la cultura occidental es la conquista de la autonomía de las personas, el juicio crítico y la voluntad de incidir en la realidad para mejorarla. Si se consiguen quitar estos valores a la España real, tendremos que aceptar una sociedad colonizada que se limita en gran parte a tapar con su trabajo los agujeros bancarios, y a satisfacer la codicia de los prestamistas y de la gran timba de bonos y valores. Ya que un Pacto de Estado ni siquiera es “una idea” para Rajoy, según dijo en el Parlamento, urge un pacto social por la ética que exija drásticas cortapisas a las finanzas y una absoluta incompatibilidad con la corrupción, con las privatizaciones y con los privilegios, como los que gozan los diputados, la Iglesia o la SICAV. Ese sentido elemental de la ética es el único caudal que le queda a unos ciudadanos que tienen cada vez menos sitio en su propio país, y es el mismo que exige que no haya impunidad ni para los EREs ni para el caso Gürtel ni para la larga lista que va desde Urdangarín a Dívar pasando por los gestores de Bankia, Caixa Galicia, Caixa Penedés, Banco de Valencia, etcétera.
Perdonen el panfleto, pero o utilizamos los valores que nos definen como ciudadanos o llegaremos a ser víctimas no solo de una injusticia estructural sino también de nosotros mismos. A no ser que prefiramos la fórmula, tan técnica, que nos regaló hace poco la ministra de trabajo Báñez cuando agradecía la ayuda mariana por sacarnos de la crisis poco antes de gritar su viva victorioso a la virgen del Rocío.
Salvador Compán es escritor