Otros naufragios
Estos días se habla del Titanic, de lo asombroso que nos resulta la incapacidad del ser humano para controlarlo todo sin contar con la magnitud de la fuerza de la naturaleza. De cómo se estudió al milímetro una nave que alborotó el mundo, primero por su novedad y después por su tragedia.
De cómo los sueños de mucha gente se resbalaron con espanto por entre las entrañas de espuma y furia, cayendo al vacío de la fractura crespa del abismo. De cómo los músicos que dulcificaban sus veladas, cuya tercera parte de sus componentes eran españoles, estuvieron tocando hasta perder el equilibrio y dejarse engullir por la negrura. Y aquella señora española, Pepita, que sobrevivió al desastre y contó cómo su novio encargó a un amigo enviar postales desde tierra a su madre, que le prohibió embarcar después de soñar que el navío se hundía, no tuvo la misma suerte, porque además de embustero, fue todo un caballero y cedió su lugar en las barcas de salvamento por lo de “las mujeres y los niños primero”. Supongo que este gesto, alimentaría algo el desconsuelo de su madre. El hombre, una ciudad o una nación están constantemente haciéndose a si mismos, con equivocaciones y naufragios. Últimamente navegamos como en un barco en la cresta de una vertiginosa ola, soportando una tras otra la embestida. Cada derrumbe, cada extorsión, cada encontronazo vuelve a repetirse como una tragedia. Somos un país fuerte. Por qué entonces no viramos el rumbo para no tener que zozobrar en aguas oscuras y heladas, hacia bahías humildes de esperanza y sentido común. Rocío Biedma es poeta