Optimizar la entropía

El sistema ha perdido más energía de la que ha podido desarrollar, ha llevado el segundo principio de la termodinámica al último extremo. Entropía, también llamada “medida del desorden de un sistema”, el mayor éxito de la modernidad en su carrera por crecer (no lo digo con irónica) y extinguirse al tiempo que extraía frenéticamente toda la energía de la tierra hasta su agotamiento.

    02 nov 2013 / 09:51 H.

    Pues bien, precisamente ese desorden es el que está consiguiendo que los elementos más expoliados por el sistema se reorganicen en torno a la empatía: una lucha contra las estructuras convencionales de pensamiento que aún se revuelven contra todo aquello que le impide seguir extrayendo y esclavizando sin límite. Los valores con los que nos han educado y convertido en lo que somos, elementos en disputa constante contra el prójimo, es la manera clásica de destruir la energía que podríamos utilizar para demoler los privilegios de quienes nos humillan. Habría que echarle un vistazo al libro de Jeremy Rifkin, “La civilización empática” donde reflexiona sobre “un replanteamiento radical de nuestros modelos filosóficos, económicos y sociales”. No queda otra que tomar conciencia de lo que hemos hecho hasta ahora, qué hemos consentido, cómo salimos a la calle todos los días y cómo tratamos a aquellos que dependen de un hilo miserable que el sistema ha colocado en nuestras manos. Si este modelo social, económico y político agoniza, empecemos a reorganizar las habilidades nobles. No desperdiciemos la energía que nos queda en machacar a los otros creyendo que así nos salvamos. Tal y como está la situación a pie de calle, empecemos por identificarnos mental y afectivamente con el estado de ánimo del otro. Empecemos por los barrios, por las aldeas, por los ayuntamientos, reconstruyamos el tejido social que demolió el pensamiento capitalista mediante la competitividad, la envidia y la represalia. Cada vez tenemos más mermadas las posibilidades de subsistencia. Lo que aprendimos para descollar sobre los demás ya no sirve, ni siquiera para aquellos que obtuvieron con tenacidad los más altos títulos y reconocimientos. Y no sirven porque eran concedidos por instituciones en proceso de extinción. Que su agonía no nos siga deteriorando. Concedámosles ya la extremaunción y pasemos a la alegría. Si a alguien esto le parece cursi y positivista (empezando por mí), lo diré de otro modo.

    Guillermo Fernández Rojano es escritor