Odio acumulado

Nuevas subidas de luz, teléfono y no sé cuántas cosas más, a la espera de que nos peguen otro meneo en cuanto nos descuidemos. En diciembre hicimos frente a unos reajustes en la factura de la electricidad, que se remontaban a octubre de 2011, y ahora más. Los recortes no son solo lo que quitan directamente, sino lo que pagamos de más, recargos, incrementos y tasas indirectas. El Gobierno, según dicen, está haciendo los deberes, pero habría que preguntarse quién dicta esos deberes y cómo hemos podido dejar nuestro presente —y, lo peor, nuestro futuro— en manos del Dios Mercado, en la especulación financiera y descontrolada, sin control alguno sobre lo privado, y en la ley del más fuerte. ¿No se puede intervenir, este es el destino de la economía en Occidente? No lo creo. Ni esto es natural, ni esto fue siempre así. ¿Dónde queda la ilusión por un mundo mejor? Hace pocas décadas, en el desarrollismo de los 60, en Barcelona se hacían manifestaciones para tener derecho a comerse el bocadillo en el tajo, para disponer de más minutos de descanso o defenderse de los abusos patronales. Y se consiguieron muchas reivindicaciones, pero ahora todo eso se está desmoronando. La degradación actual no puede ser peor, pérdida de dignidad, proliferación de subempleos y otras formas de conseguir ilegalmente dinero extra, miseria y picaresca. De un modo u otro volvemos a lo que muchos solo habíamos conocido de oídas: a la mansedumbre y a la resignación, al odio acumulado y a no saber cómo articularlo.

Juan Carlos Abril es escritor

    04 ene 2013 / 16:42 H.