¿Monarquía o República?
Al día siguiente de la noticia de la abdicación del monarca español, entré en Internet para comprobar el efecto mediático y encontré una página que reclamaba mi atención: “¿Debería España volver a ser República? Participa y llévate un vale de compra de 1.000 euros para ….” (omito el nombre del centro comercial). Pincho con curiosidad y aparece la siguiente pantalla: “¡Estamos dando a nuestros usuarios de Jaén la oportunidad de ganar un vale de compra de 1.000 euros para …! (nombre del centro comercial) “¡Sólo tienes que rellenar una encuesta de 20 segundos y 4 preguntas clave! Pregunta 1: ¿Cuál es tu sexo? Masculino - Femenino.
Pregunta 2 de 4: ¿Cuántos años tienes? Pregunta 3 de 4: ¿Eres partidario de la Monarquía o de la República? Pregunta 4 de 4: ¿Crees que se debería plantear un Referéndum?” Y enseguida las opciones: “Monarquía, República, Me da igual”. Enhorabuena ahora estas siendo redirecionado a los premios.” Esto podría parecer una boutade, pero es una representación de la gran representación que se ha montado en España con un espejismo de contrarios: ceremonia del cielo contra el infierno. Siempre una cosa frente a otra, siempre esto contra lo otro, siempre la opción de peligro o salvación. Los directores y realizadores de escena de estos concursos nacionales, se frotan las manos y se parten el culo de la risa mirándonos cómo afilamos los cuchillos, preparados para ser activados en cualquier momento, con la ayuda indispensable de los medios de comunicación, que ayudan a las instituciones del Estado a seguir gozando de la fortaleza necesaria que vigile el bienestar de los oligopolios (prensa incluida) y se asegure de que el cambio climático no afecte la temperatura de los paraísos fiscales. Los medios de masas mecen el estado de conciencia, se encargan de insertar los datos precisos y acariciar a quienes los defienden a muerte. Información siempre de doble signo y cerrada, juez y parte, con los criterios exactos para crear un adversario, al otro, al diablo. Y viceversa. La mano que gradúa el ánimo y los impulsos, las filias y las fobias de los ciudadanos, su ira o su compasión, teniendo como misión engrasar esta sutil maquinaria democrática y ceremonial que aplasta al ciudadano y legitima, a un tiempo, el aplastamiento. Un programa de humor de una cadena televisiva organizó hace poco una especie de mesa de debate con niños de entre diez y doce años, a los que se les planteaban preguntas relacionadas con la situación actual, entre ellas en qué creían ellos que consistía la labor de un presidente de gobierno. Con gran seriedad y decisión, uno afirmó: “El presidente del gobierno se dedica a fastidiar a los habitantes de su país”. Si esto lo dijera un opinador profesional de cincuenta años en una mesa televisiva, seguramente adscrito a una línea amancebada del poder, quedaría algo baladí, pero si lo dice un niño de diez años, es gracioso. Esta es la cuestión, que el gran ceremonial de la ignorancia resulta gracioso. Y muy rentable. El Estado, se le ponga la máscara que se le ponga, fue creado para asegurar a perpetuidad la estabilidad de las oligarquías. Sí, nos fastidian la vida, pero nos recompensan con concursos, ceremonias, carcajadas y, de vez en cuando, por el simple hecho de elegir, con un vale de compra.