Matanzas familiares en Lopera
José Luis Pantoja/Lopera
El genuino olor de las tradicionales matanzas loperanas vuelve cada otoño. Este año no se cumplirá el refrán de 'Por San Andrés, mata tu res, chica o grande, como esté', ya que la campaña de la aceituna se ha adelantado y por ello las típicas matanzas familiares se hacen antes de tiempo.
El genuino olor de las tradicionales matanzas loperanas vuelve cada otoño. Este año no se cumplirá el refrán de 'Por San Andrés, mata tu res, chica o grande, como esté', ya que la campaña de la aceituna se ha adelantado y por ello las típicas matanzas familiares se hacen antes de tiempo.
Atrás quedó el engorde del cerdo, durante meses, en las cochiqueras. Es hora de la matanza. La familia Gil Lara es de las últimas que mantienen viva esta rancia tradición. Un año más, Juan Huertas Simón, “el Perruno”, de 82 años, que lleva más de un millar de cerdos matados durante su dilatada vida como matarife, su hijo Paco y su nieto Francisco cumplieron con el ritual y, a la antigua usanza, mataron, con la ayuda de varios vecinos, dos cerdos cruzados con la raza duroc; uno, cercano a los 180 kilos y otro, de 140.
Se viven escenas como sacar el cerdo de la cochiquera y arrastrarlo con el gancho, montarlo sobre la mesa, atarle las patas y manos con cuerdas, sacrificarlo, mover la sangre con la mano sobre lebrillos de barro, pelarlo con un asperón con agua hirviendo, abrirlo en canal, descuartizarlo, limpiar las tripas y hacer la masa para los chorizos —con ajos machacados, pimentón, carne picada, sal, orégano y vino de Lopera— y morcillas —con especias, cebolla cocida, sal, ajos picados y gordura del cerdo— gracias a máquinas manuales que forman parte de la historia de muchas generaciones de loperanos
La práctica, estos días, está en vías de extinción, pues cada vez hay más impedimentos por parte de Sanidad para conceder el permiso para estas matanzas en los domicilios particulares. Quizá sean los más mayores y los más pequeños los que disfrutan más con las matanzas, unos porque aún se sienten útiles y colaboran con su sapiencia en la elaboración de los productos típicos y al pelar los sacos y sacos de cebollas, salpicados con una que otra lágrima, y otros por las expectativas que supone ver cómo se acaba con la vida de un animal y poder jugar, después, un partido de fútbol improvisado con la vejiga del cerdo.
No faltaron en la matanza los típicos dulces, el anís y el coñac para aliviar el frío de la madrugada, y la ayuda de familiares y amigos. Hoy día casi nadie tiene ya cochiqueras en sus casas, y menos aún apuestan por el engorde de cerdos, pues es más fácil comprarlo ya en cualquier granja o bien acudir a un supermercado y adquirir cualquier producto sin tener que sufrir los inconvenientes. Sin embargo, todavía hay familias como la Gil Lara, que lleva 38 años ininterrumpidos con la costumbre y se resisten a que se pierda ese olor genuino que inunda las casas durante la matanza familiar.