Lucía Lozano: 'Me encanta que le llamen santo de la alegría'
María Gómez /Linares
A falta de un día para la Beatificación de Manuel Lozano Garrido, su hermana Luci, que fue su gran sostén en vida y la que mejor lo conoció, recuerda momentos importantes que compartieron. “Me encanta que le digan que es el santo de la alegría”, confiesa.
A falta de un día para la Beatificación de Manuel Lozano Garrido, su hermana Luci, que fue su gran sostén en vida y la que mejor lo conoció, recuerda momentos importantes que compartieron. “Me encanta que le digan que es el santo de la alegría”, confiesa.
Sigue residiendo en la misma casa donde vivió con “Lolo”, en la calle Cristóbal de Olid, de Linares. Es también donde Manuel Lozano Garrido pasó los últimos y más dolorosos años de su terrible enfermedad y donde falleció, un 3 de noviembre de hace casi 40 años. Pero en eso Luci intenta pensar poco. Lucía Lozano Garrido, la “hermanilla” de Manuel, “Lolo”, el periodista y escritor linarense que está a punto de subir a los altares, fue su sostén, compañera y confidente, enfermera y hasta madre. Tiene todo limpio y dispuesto, especialmente el balcón, los tiestos y las flores que le encanta arreglar. Hay recuerdos de Lolo en todas las estancias, fotos, libros, cuadros, crucifijos, pero todo con discreción, sin mayores alharacas. “Nos llevábamos cuatro años, y yo era siempre su hermanilla. Los últimos años me sorprendió, porque de vez en cuando me llamaba madre. Y para mí Lolo era mi hijo. Es lo más grande que he tenido, para mí ha sido una cosa…”. Sin terminar la frase, añade una anécdota, de las muchas que adornan la conversación: “Yo le decía: Tú me tocaste en una tómbola de Dios, que me dio el premio gordo contigo. No se puede querer más, porque después de tantos años como han pasado…”.
Luci prefiere permanecer en segundo plano, no acaba de entender que los periodistas quieran hablar con ella, pero una vez que empieza, ella misma admite: “Soy muy charlatana, y además ¡cuando hablo de Lolo me emborracho! Dicen que Lolo engancha, y creo que es verdad”. Ante la beatificación de su hermano, Luci asegura: “No siento nada especial”, y casi a media voz confiesa: “A mí lo que me está dando esto es muy malos ratos, porque yo no le he olvidado un momento, y me pego cada tunda de llorar...”. Cuando él falleció, ella se quedó, inevitablemente, sola. “Bueno, sola no, porque tengo a Dios, las cosas como son”, puntualiza. Y en otro momento sonríe y admite: “Miro su estampita y digo: ¡Pero si a ti no te pega ser venerable!”. Las vidas de ambos transcurrieron paralelas, y no hay un recuerdo en el que no le evoque. Huérfanos desde niños, Luci era la pequeña de los siete hermanos, y él el quinto, y desde siempre fueron cómplices: “Lolo era un seglar comprometido, nunca habló de la vocación religiosa, pero Dios estaba con él desde siempre, y no era nada ñoño. Le gustaban las chicas, le gustaba una amiga mía, y eran unas delicadezas —y hace un gesto con la cabeza—. Claro que, conmigo, para qué te voy a contar, lo poco que tenía me lo ofrecía. Todos los domingos me traía almendras garrapiñadas, que eso ya se ha hecho famoso y todo el mundo me las regala”.
Después, cuando los médicos le diagnosticaron la enfermedad, ella fue quien se quedó a su lado, pero no solos: “Al día siguiente de volver de Madrid, todos los chicos de la Acción Católica (AC), los compañeros de Lolo, estaban allí y fue mi familia desde entonces, y aquella casa, la alegría. Vivíamos como una comunidad cristiana, mi puerta siempre ha estado abierta, por eso ahora se me hace raro que esté cerrada”.
Ella fue quien le consiguió la primera silla de ruedas: “Escribí a Vida Nueva, a una sección de caridad, porque no podíamos comprarla. Y el director, José María Pérez Lozano, me escribió diciéndome que nos la concedía y que lo llevaría todo con discreción para que no se enterara mi hermano”. El equipo de PPC, editora de Vida Nueva, también “fue casi como familia”; Lolo colaboró mucho con el semanario madrileño, como con “Cruzada” y “Signo”, de Acción Católica, entre otras muchas publicaciones. Juntos viajaron, por ejemplo, a Lourdes, una experiencia muy importante para él.
Luci se sigue sorprendiendo del aplomo con el que él asumía su enfermedad, y décadas después de su muerte, le sigue agradeciendo los consejos que él le dio para superarlo, aunque no es fácil asegurar que realmente le consuelen: “Él me decía: Yo me tengo que morir antes que tú. Y yo le respondía: ¡No, por Dios! Yo le decía que me iba a sentir muy sola, pero él explicaba y razonaba. Todo aquello que hablábamos a los veintitantos años es lo que estoy viviendo ahora”. Incluso fue Luci quien, en cierto modo, “propició” el milagro por el que se le va a beatificar, cuando acercó al niño enfermo, un familiar suyo, un crucifijo que había pertenecido a Lolo, iniciando la mejoría y salvándole la vida al pequeño, hoy un hombre que mañana asistirá a la ceremonia de beatificación. Los momentos más duros ella prefiere guardárselos para sí: cuando Lolo perdió la vista los últimos nueve años; cuando, al final del día, se quedaban solos en la habitación; los dolores, los secretos, los silencios… El balance, en cualquier caso, es siempre positivo. “No tengo con qué darle gracias a Dios por mi vida. Creo que debo decirlo, porque dicen que cuando se está lleno de Dios, se debe decir a los demás”. “Lolo era especial, Dios hizo maravillas en él, no le demos más vueltas. Él dijo: Aquí estoy, lo que tú quieras, respondió, y ya está. Y me encanta que le digan que es el santo de la alegría”, sentencia quien mejor conoció al hombre que está a punto de convertirse en el primer periodista beato.