Los ojos del periódico

Hace unos años que el periodismo viene sangrando a través de una herida que lejos de cicatrizar se va abriendo cada día y, así, asistimos al despido de profesionales o al cierre doloroso de bastantes periódicos. Solo en 2011 se fueron a la calle o a sobrevivir por la jungla digital 4.000 periodistas, y, en este año de precariedad y EREs, la tendencia no cesa de acentuarse. Es como si cada día se cerraran un poco más los ojos con los que mirábamos al mundo, esa mirada del periódico con la que tantos de nosotros hemos pasado de un simple mirar la realidad a poder verla, a rescatar imágenes de entre la penumbra, a reconocer el mundo.

    19 may 2012 / 09:24 H.


    La razón que explica esta progresiva ceguera nuestra es imputable a nuestra propia ceguera: se leen menos periódicos; es decir, miramos sin ver porque hemos renunciado a ver, porque tenemos la vocación analfabeta de ser ciegos voluntarios. Nos quedamos poco a poco sin los ojos del periódico porque vamos renunciado a abrir nuestros propios ojos. Es verdad que existe la alternativa de los periódicos digitales, aunque está acosada por los blogs o por las legiones de espontáneos que utilizan la Red para sembrarla de opiniones y de noticias, de ocurrencias y de desinformación, en una especie de fuego cruzado que se abre desde los anónimos tejados donde encuentran impunidad los francotiradores.

    Un segundo problema es que, al contrario que la lectura en papel, la lectura en pantalla es dispersa y ofrece tantas posibilidades que casi obliga a la velocidad y a quedarse en lo superfluo. Leer el periódico en papel sería como pagarse una entrada para ver una película en pantalla grande, en el oscuro silencio de la sala, mientras que leerlo en pantalla se parece a ver la película por televisión, en la salita familiar y con los dedos prestos a caer sobre el telemando.

    De hecho, se ha creado ya una generación de cibernautas que, si se dice con crueldad, leen con las yemas de los dedos o, si se dice sin metáforas, son consumidores de información pero no de conocimiento. Y es que la información en internet se ha convertido en una mercancía gratuita y tan abundante que se nos amontona ante los ojos y apenas nos deja ver. El filósofo Miguel Morey explica la globalización cibernética como un mito de Babel al revés: las lenguas no se multiplican y confunden sino que confluyen en un lenguaje simplificado que, además, tiende a convertirse en un inglés básico a través de las traducciones a la carta que ofrece la Red.

    Es este panorama infinito de fugaces letras digitales el que amenaza con dejarnos sin textos que no compitan con otros, a no ser dentro del mismo periódico. Como si el parpadeo de las pantallas quisiera condenarnos a prescindir de la atmósfera de concentración que crea un lector al inclinarse sobre un periódico mientras saborea un café sabiendo que, enseguida, releerá lo que más le ha interesado y que, luego, alzará la vista para mirar por la ventana y se tomará un tiempo en meditar en lo que ha visto a través de los ojos del periódico.  
    Salvador Compán es escritor