Lo que duele

Por doler,  puede doler hasta el aliento, como nos proclama en su aflicción el poeta Miguel Hernández con su famosa elegía por la muerte del  amigo.

    16 ene 2014 / 15:38 H.

    El dolor posee innumerables condimentos que contribuyen a ocasionarlo y aderezarlo con los sabores de los infiernos inventados o impuestos. Hay dolores remotos que pertenecen a la memoria, al recuerdo o a la historia, y otros presentes que nos están enlodando el ánimo, que nos nutren el desasosiego, el desencanto, el asco, y sin embargo procuran en sus laboratorios farmacéuticos mantenernos la carne fresca. Siempre nos ha dañado la indiferencia del poder con su comparsa de mariachis agradecidos, la desfachatez y la indolencia del dinero en manos de perversos malabaristas, la pérfida injusticia de justicieros adulterados, la crueldad ciega y el odio. A casi todos nos duelen, cuando tenemos tiempo y dinero, los desahuciados de su propia vida, los marginados y desheredados que aparecen en la televisión y los pobres en Navidad. Todas estas dolencias pueden dejarnos las defensas bajas, hasta el extremo de que lleguemos a simpatizar  con la novísima ideología del “hastacojonismo”, que no deja de ser una versión de nada alimentando otra nada, o practicar sin ningún tipo de pudor el obtuso método financiero de la “egonomía” que fundamenta sus teorías en la rotación básica del yoyó. Por todo esto y por muchas cosas más, que se duelan los feos, que no quede ninguno. Los feos embozados en su fealdad de corazón.
    Funcionario JUAN DEL CARMEN EXPÓSITO