Las uvas siempre siguen verdes
Durante algún tiempo, algunos de mis alumnos iban por la calle con los ojos abiertos para coleccionar errores de ortografía como enfermeros que llevan a los caídos al hospital de campaña. Nuestro enfermería era una sección de la revista de instituto que habíamos llamado Palabras Heridas y allí se exponían, al escarnio público, sin necesidad de más cura que la de exponer sus llagas a su propia evidencia. Estos vocablos de monstruosa ortografía llegaron a ser tan abundantes y con tantas mutilaciones que, lo pueden imaginar, la sección murió de éxito.
A pesar de todo, las palabras heridas gozan cada vez de mejor salud. El contagio de la lengua sintética de los SMS o de Twitter es una de las causas, pero en la base de todo están las deficiencias del sistema educativo y una sociedad, que envuelve y nutre al sistema, que no está lo suficientemente alfabetizada, que no es lo suficientemente lectora. Más en el fondo, se encuentran unos hábitos sociales que ignoran que la forma y el fondo son parte de un mismo todo y, en consecuencia, aplauden la chapuza, lo inacabado, lo superficial o insuficiente con tal de que todo ello se pueda consumir con rapidez, de un solo trago. Habría que añadir que esta cultura de lo imperfecto se exhibe con el mismo falso orgullo de la zorra que, al no poder alcanzar un ramo de uvas en plena sazón, se da la media vuelta mientras con la cabeza bien alta se dice que no importa no haber comido, porque las uvas estaban verdes.
No es raro que alumnos de universidad protesten al haber suspendido por faltas de ortografía. Sus argumentos son siempre los mismos: lo importante es el contenido del examen y no el modo de expresarlo. Como si los navajazos que le han propinado a la lengua no se los hubieran propinado a sí mismos y a la misma raíz de su cultura, al único vehículo que tienen para contestar a ese examen y a todas las preguntas de la realidad. Con razón, el filósofo Pardo dice que este tipo de alumnos no es que estén bien suspendidos sino que no están en condiciones siquiera de ser examinados.
En el lado opuesto, nos encontramos con la normativa que imponen los inspectores de educación en Andalucía: no se puede penalizar a nadie por faltas ortográficas, sino premiar a quienes no las cometen. Así que, por nuestro sur irredento, lo mínimo es lo máximo, la normalidad es la excelencia y nuestros gestores prefieren escribir la cultura con letras minúsculas. Con tal de esconder el fracaso escolar, se nos impone una enseñanza de andar por casa y se esconde luego su escasez con triquiñuelas varias (Pruebas de Diagnóstico, Leyes de Calidad, de Buenas Prácticas, etcétera), todas dirigidas a blanquear la fachada de aprobados que en muchos casos son más políticos que reales. Con tendencias así, las uvas maduras se las comerán por otros pagos; por aquí, maldita mala suerte, nuestras uvas nunca maduran, siempre siguen verdes.
Salvador Compán es escritor