La lluvia no puede con San Antón
Hasta el mediodía no pararon de caer gotas del cielo y, sin embargo, San Antón, el muy venerado patrón de los animales, tuvo que hacer de las suyas, porque la noche fue magnífica, ideal para las tradicionales lumbres de la víspera de su fiesta. Cientos de mengibareños salieron a las calles para disfrutar de la gran cita anual con el fuego.
Hasta el mediodía no pararon de caer gotas del cielo y, sin embargo, San Antón, el muy venerado patrón de los animales, tuvo que hacer de las suyas, porque la noche fue magnífica, ideal para las tradicionales lumbres de la víspera de su fiesta. Cientos de mengibareños salieron a las calles para disfrutar de la gran cita anual con el fuego.Unas cuarenta lumbres se inscribieron en el Ayuntamiento, como es obligatorio, aunque, al final, con la amenaza de lluvia se atisbaba, a priori, menos ambiente que el habitual. Pero todo lo contrario. Fue caer el día, despejarse las nubes y la gente salió a disfrutar de las lumbres de San Antón en la víspera de su fiesta.
La imagen del patrón de los animales salió de la casa de la hermana mayor saliente, Emilia Hoyo Mijarra, en dirección al domicilio del entrante, Santiago Acosta. Se produjo el cambio de insignias y el santo se instaló en su nueva “casa” en un hermoso altar montado por el mayordomo de la hermandad de la Virgen de la Cabeza, Sebastián Martos Córcoles. Pocos minutos después, la ya saliente junto con Juan José Berenguer, gran amante de la tradición, prendieron fuego a la lumbre de la casa del hermano mayor. Hubo cohetes y, cómo no, incontables “¡viva San Antón!”, a ver cuál de mayor duración, para disfrute de todos los vecinos.
Precisamente en ese instante llegó a la casa de Acosta una de las tres delegaciones de la Concejalía de Festejos —esta, encabezada por el propio edil del ramo, Diego Galindo—, que repartieron los más de cien kilos de chorizos y las doscientas veinticinco roscas de pan entre las decenas de lumbres dispersas por todo el pueblo. “Al final tenemos una muy buena noche”, resumió Galindo. Y el gran ambiente duró, claro está, hasta que se acabó el ramón y los cuerpos aguantaron. Más información en nuestra edición impresa.
Jesús Vicioso Hoyo/Mengíbar