La llegada del mes de septiembre
La llegada del mes de septiembre, que se encuentra a la vuelta de la esquina, me trae recuerdos de mi infancia, una infancia que evidentemente se siente más y más lejana con el pasar de los años. Las temperaturas se preparaban para bajar un poco, anunciando el inminente e inevitable fin de las vacaciones veraniegas para todos los escolares, mientras los padres tomaban carrerilla para superar la temible cuesta de septiembre. Y en medio de todo ello, había que comprar libros nuevos, lapiceros, gomas, bolígrafos, libretas, carteras…
El final del verano siempre marcaba el inicio de algo nuevo para mí –el recién estrenado año escolar –. Me encantaba. Recuerdo cómo me gustaba el olor de los libros nuevos, y lo excitante que parecía no saber lo que iba a traer el nuevo año académico. Atrás quedaban las comidas de verano: las paellas, la ensaladilla rusa, los boquerones en vinagre, el gazpacho andaluz, el pescaíto frito, la sandía, las barras de helado, el melón con jamón, las fresas, la horchata de chufa Ché y el Trinaranjus; atrás quedaban Verano Azul y Curro Jiménez, los cuadernos de Vacaciones Santillana, los campamentos de verano, viajar con tu familia a algún lugar de las montañas aragonesas o catalanas, la playa de la Costa Brava, las calurosas noches de agosto, con las cenas en la terraza a la luz de las estrellas, el perro dormitando a los pies de tu padre, y las dulces fragancias de jazmín, dama de noche y lilas. La llegada de septiembre significaba crecer un poco más, también. Una se miraba en el espejo del baño y se preguntaba si tenía un aspecto distinto de aquel que tenía casi tres meses atrás, si parecía ya más mayor. Es increíble lo relativo que parece todo a esa edad, la poca conciencia que una tenía del verdadero valor del tiempo, tanto del que se pierde como del que se aprovecha, ya que ambos, sencillamente, pasan y no miran atrás. Los niños quieren, en su mayoría, crecer; y crecer rápido. La vuelta al cole estaba siempre marcada por esos nuevos encuentros con compañeros y compañeras a los que no habías visto en todo el verano –algo familiar–, y a la vez, tan desconocido, porque todos habíamos cambiado un poco, de un modo u otro, durante el periodo estival. Sea como fuere, septiembre simplemente parece tener ese algo especial que almacena lo que fue y lo aplica ligeramente a lo que va a ser, con pequeñas modificaciones aquí y allá. Nos permite seguir edificando nuestras vidas con lo aprendido el curso anterior. Mi infancia transcurrió en la Ciudad Condal, con su aire mediterráneo y catalán, y sus gentes diversas, pero imagino que todos hemos vivido algo muy parecido en España. Al fin y al cabo, las estrellas son las mismas dondequiera que estemos.
Esther Berlanga es periodista