La cultura científica

España lleva siglos peleada con la ciencia, la reserva espiritual de Europa se sacrificó durante decenios en pos de metas más “altas” como la hidalguía o la pureza religiosa. La Ciencia ha necesitado quitarse de encima las telarañas del provincianismo más retrógrado para poder reclamar un lugar que nunca tuvo. Hoy en día ocupamos el décimo puesto en la producción científica a nivel mundial.

    20 jun 2013 / 17:14 H.

    Algo digno de mención en el país que atesora genios y siglos de oro en disciplinas como la pintura o la literatura pero que debe adjetivar la palabra cultura cuando nos referimos a la ciencia. Actualmente cientos de científicos españoles se ven obligados a coger carretera y manta ante una administración que asfixia económicamente proyectos e instituciones que vertebran el verdadero progreso de una sociedad. En educación no estamos mucho mejor, asignaturas como biología de Tercero de la ESO, en la que hay que impartir toda la fisiología y anatomía humana, tiene la misma carga horaria que religión. El nuevo proyecto de Ley de Educación discute la posibilidad de hacer desaparecer una materia tan importante como “Ciencias para el Mundo contemporáneo”, uno de los pocos intentos de conseguir una alfabetización científica a la altura de los países de nuestro entorno. Es triste que en España las humanidades sean cultura y las ciencias no. Algo que es permeable incluso en los debates televisivos donde es más fácil encontrarse a un actor, un cantante o un filósofo que a un científico, al revés que los ingleses, donde el científico no es una “rara avis”, sino la expresión más autorizada de una sociedad y cuya opinión debe ser escuchada y tenida en cuenta a todos los niveles, igual por ello en investigación nos barren. En momentos de acusada incertidumbre, donde referentes conductuales como los políticos dejan tanto que desear, la ciencia y los científicos representan virtudes a las que una sociedad inteligente debería anclarse. El esfuerzo, la pasión o generosidad no son ajenos a un método científico que representa lo mejor de nosotros mismos y cuyos valores convendría instaurar desde el colegio en una educación que demasiadas veces ha abrazado dogmatismos estériles.
    Javier Morallón es profesor de Biología