La confianza
Probablemente hoy mismo, en alguna de las secciones de cualquier medio de comunicación, o en este mismo diario, usted, lector, haya podido escuchar ver o leer cuatro o cinco titulares que hablen de falta de confianza. Ya sea de los mercados, de los clientes, de las marcas, de los ciudadanos, etcétera. Y es que el gran hándicap al que se enfrentan las personas, los agentes y las instituciones encargadas de representarnos en el momento actual, sigue estando vinculado a la confianza.
La coyuntura económica nos ha transformado en personas escépticas. Enfadados, insatisfechos, desconfiados e indignados. La confianza es un factor indispensable, peligrosamente descuidado, y aunque se trate de una abstracción, de un sentimiento que cada uno expresa de manera subjetiva, la confianza es algo que se puede medir. Edelman es una organización que ha elaborado un trabajo de medición del índice de confianza con carácter mundial, y en su barómetro clasifica a los países en tres categorías: optimistas, neutrales y escépticos. Y es dentro de esta última catalogación donde desafortunadamente nos encontramos. ¿Dentro de qué categoría se siente usted? Pregunta obligada, toda vez que la confianza de un país empieza por la confianza de las personas. Casi siempre es un sentimiento mutuo. La confianza genera confianza. Como dice Stephen Covey: “Nada es más rápido que la velocidad de la confianza”. Sabes cuándo la sientes. En nuestro actual escenario solo caben líderes sinceros, transparentes y que cumplan su palabra. El nuevo paradigma sociopolítico solo se puede construir a partir de personas que generen confianza. Y para estos casos la pregunta se hace delante del espejo: ¿Las personas te siguen por tu posición o porque confían en ti? Y es que, aun representando a unas siglas o a una corporación, las personas van construyendo su propia marca, su propia estrategia empresarial. Y para que una empresa florezca tiene que haber compromiso, confianza y buena comunicación. Para que haya compromiso tiene que haber confianza y para que exista esta es necesaria una comunicación, muy, pero que muy, fluida. Porque, cuando no se comunica bien, surge la rumurología, y no hay quien controle, y todo se paraliza, porque con dudas no hay vínculos posibles. No sólo hay que transmitir honestidad, franqueza y sinceridad. Hay que ser humilde y dar amparo, porque siempre se ha dicho que no hay que hacer a los clientes lo que no te gustaría que te hicieran. Y es que por estos lugares, si percibimos que nos quitan, intentaremos quitar. ¿Puede la confianza cambiar las tornas? Depende de ti.
Luis Salido es directivo de empresas