La cárcel acecha al “bandolero”

Durante 14 años, Miguel Mérida Gallardo fue una sombra, un “perdido”, un recuerdo. En febrero de 1994, este vecino de Baena se echó, literalmente, al monte y rompió cualquier contacto con la civilización. Su familia, incluso, inició los trámites judiciales para darlo por muerto. Durante esos años, vagó por los montes de la Sierra Sur, a medio camino entre Jaén y Córdoba, subsistiendo gracias a la comida y a los objetos que robaba en fincas y casas de campo de la zona. Cada vez que algún vecino de Alcaudete echaba algo en falta, siempre se le echaba la culpa a la misma persona: “Será cosa de El Perdido”, se repetía en el pueblo. El ladrón desconocido se convirtió en algo casi legendario. El mito era Mérida Gallardo.

18 oct 2014 / 09:39 H.


El hombre se “construyó” su guarida en el hueco de uno de los pilares que sostiene el puente de la Vía Verde. Allí se fabricó su propia cama y una cocina. Y allí almacenó miles y miles de enseres. De hecho, los agentes sacaron más de 1.000 kilos de revistas, latas de conservas como para cargar una furgoneta y decenas de herramientas y pequeños electrodomésticos. También encontraron cientos de fotografías personales que fue robando en las casas. Rostros que lo mantenían unido al mundo. La historia de este pacífico hombre que robó, pero jamás hizo daño a nadie, propició que se hablara de él como “el último bandolero”.
Mérida fue detenido en la madrugada del 12 de julio de 2008, después de que un vecino del pueblo, harto de que le desvalijaran su cortijo, le tendiera una emboscada. Ahora, más de seis años después de que le pusieran las esposas, la cárcel lo acecha. Juzgado hace unas semanas, la juez del Penal número 2 acaba de dictar sentencia: condena de cuatro años y medio de cárcel por un delito continuado de robo con fuerza en casa habitada y otro delito de tenencia ilícita de armas —en su escondrijo tenía dos escopetas que usaba para cazar—.
Si no lo remedia el recurso que ya prepara su defensa, el “último bandolero” tendrá que ingresar en prisión. Su señoría ha tenido en cuenta que Miguel Mérida Gallardo sufre una alteración psíquica. Los forenses que lo examinaron sostienen que presenta una “inestabilidad emocional y de la personalidad, además de un trastorno depresivo que le hace perder en parte la capacidad de decidir y deliberar”. Sin embargo, su enfermedad no es motivo suficiente, a juicio de la magistrada Carmen Carpio, para convertirse en una eximente.
En el juicio, Mérida Gallardo se acogió a su derecho a no declarar. No negó los hechos. Nunca lo hizo. Es más, durante la instrucción, llegó a contar algunas sustracciones de las que la Guardia Civil ni siquiera tenía conocimiento. Siempre se llevaba comida, herramientas o pequeños aparatos que le pudieran ayudar a subsistir en mitad de la nada. Eran robos famélicos.
El aluvión de pruebas en su contra era enorme: los agentes encontraron centenares de objetos personales que habían sido sustraídos por el “bandolero” a lo largo de los años y que guardaba en su guarida del puente. Son enseres que lo señalaban directamente como autor de más una veintena de robos cometidos entre febrero de 2006 y julio de 2008. Hubo muchas más sustracciones denunciadas en la zona desde que Miguel Mérida se perdió. De hecho, en principio, estaba acusado de más de un centenar de delitos. Sin embargo, o bien estaban prescritos o no había pruebas para incriminar a “El Perdido”. Por eso, finalmente, solo fue juzgado por 22 robos con fuerza en casa habitada y un delito de tenencia ilícita de armas. Ahora, la cárcel le acecha.