Día 5: La camioneta de las agujetas
Nadie en su sano juicio en España se atrevería a hacer un viaje de siete horas en una camioneta, apretujados, y por unas carreteras igual que el Perú, en continua reconstrucción. Pero nuestros queridos viajeros al Jaén de Bracamoros sí que lo hicieron, dicen que por la sana convicción de conocer mundo y porque “la movilidad”, o sea, el transporte, se lo había facilitado la Municipalidad Provincial de Jaén y no están dispuestos, subrayan vía e-mail, a decir que no a nada en la semana y pico que van a estar por allá.
Nadie en su sano juicio en España se atrevería a hacer un viaje de siete horas en una camioneta, apretujados, y por unas carreteras igual que el Perú, en continua reconstrucción. Pero nuestros queridos viajeros al Jaén de Bracamoros sí que lo hicieron, dicen que por la sana convicción de conocer mundo y porque “la movilidad”, o sea, el transporte, se lo había facilitado la Municipalidad Provincial de Jaén y no están dispuestos, subrayan vía e-mail, a decir que no a nada en la semana y pico que van a estar por allá. Obviamente, imaginamos que serán más de algunos noes los que tengan que decir al día, de lo contrario es que no volvían, pero parece claro que ese no va a ser el caso, je, je. Ya los estamos echando de menos, pese al trabajito que nos ha tocado en esta canícula jaenera a pie de oliva. Bueno, que volvemos al principio, que se nos va el mixto a poco que empezamos a componer la crónica, más que nada, queridos lectores trepabuqueros, porque en el fondo, los que quisiésemos estar allí, somos nosotr@s. ¿Ustedes también, verdad? Más, con todos los gastos pagados, ji, ji. Otra vez será la que comprobemos cómo es la fortaleza de Kuélap, el Machu Pichu del nororiente peruano, a 3.000 metros de altura. Y según la guía Anaya del Perú, fue simiente de la cultura chachapoyas, un “belicoso pueblo de las nubes” que siempre estuvo guerreando. Inimaginable desde la racionalidad pensar que alguien pueda vivir a estas alturas de la vida, con niebla casi permanente y donde llegar cuesta agujetas hasta en los riñones (nos dicen los “compis” que mandemos un saludo a Wilson, el chófer de la camioneta), pero hay pueblos que olvidan su historia, como el nuestro, el de Occidente del Estado del Bienestar, que cree que siempre vivió con cinco regalos por persona cada Noche de Reyes.
Estamos ansiosos porque lleguen para ver algunas fotos de este quinto día de relato, especialmente las posaderas del jefe Ángel González (jau, jefe Ángel, te saludan tus subordinados por chiricauas) porque al parecer no le fue bien con la lluvia, la altura y los caminos de cabras de la tal Kuélap. Si es que a quienes nacemos en la capital no nos va bien el campo o, mejor dicho, no tenemos suficientes recursos para sacar adelante un día con sol espléndido, niebla y húmedas a espuertas y lluvia copiosa, que es el recuento rápido de la inclemencias meteorológicas que le hemos leído en el correo electrónico. Fue esa lluvia copiosa la que frustraría “el adentramiento” en la selva. Dicen los tres, con agujetas en el culo, de la camioneta, que caminaron por paradisiacos lugares de la región del Amazonas peruano, pero que Melanio Delgado, el arqueólogo que visa cada lugar por el que pisan, no pudo cumplir su palabra de presentarles una comunidad indígena del río Marañón con la que ha trabajado para rescatar vestigios históricos. Nada que objetar al tiempo, chicos, que ya sabemos cómo se las gasta por algunas partes del mundo y con esto, como con la seguridad, risas ni desconsideraciones, ningunas. A descansar, que ya queda menos para darle cuenta al denso programa de Rosita que, claro, no tiene culpa de días de viajes de 14 horas, con levantada a las tres de la mañana. Lo mejor de la jornada, a ojos del amadísimo director, las vistas (y los platos de arroz y pollo, más bebidas y cafeses, por 9 euros los tres).
Posdata. Ni rastro de fotito de Diego Palomino; todas las esperanzas las teníamos puestas en el catedrático jiennense de Historia Pepe Fernández y sus contactos cartográficos de Madrid, pero nada, tras semanas de gestas, nuestro gozo en un pozo. Nadie, ni en Andújar, ni en Torredelcampo, ni en Sevilla, ni en Madrid hay rastro físico del fundador del Jaén del Perú.