La Cafetería Zeluán cierra veinticinco años después

Cuando Alberto Vílchez Belmonte, de cincuenta años, concluya, el próximo 31 de agosto, su etapa como dueño de la Cafetería Zeluán, que nadie entone música de réquiem: el todavía gerente toma la decisión porque su voluntad es “cambiar de ciclo”, quedarse definitivamente en Granada, estudiar Psicología y ahondar en el “coaching” —entrenar, en castellano—, método consistente en instruir al máximo a una persona para capitalizar sus habilidades. “La fiesta será una despedida emocional de Jaén”, dice Vílchez, aún detrás de la barra y con su traje negro de camarero.

17 ago 2014 / 22:00 H.


La Cafetería Zeluán —junto a la parada de taxis en la Plaza de San Francisco— abrió en 1989. Vílchez asumió el mando del negocio desde el estreno. La “cosa” hostelera estaba en la familia: su abuelo, Rafael Vílchez, atendió el primer Zeluán en Granada, una taberna árabe que pasó a manos del padre de Alberto —Rafael, como el abuelo—. “Mi padre lo expande y abre otros negocios. El Zeluán granadino, que cerró hace unos veinte años, no llegué a dirigirlo”, manifiesta. El suyo, el de la capital jiennense, destacó en sus comienzos por una apuesta moderna: cocina francesa. “El impacto fue brutal. Era alta cocina. Más tarde derivó en un estilo más internacional y después, en algo creativo”, recuerda.
Actrices como, por ejemplo, la española Victoria Vera, deportistas y políticos entraban y salían del restaurante en la época de su máximo esplendor: la década de los 90. Entonces, la actividad comercial de Vílchez no se limitaba, ni muchos menos, al bar: patrocinó a los equipos de Jaén de fútbol sala y de voleibol. “Fiché a algunos brasileños para el primero y a dos puertorriqueños para el segundo. Siempre me ha gustado el deporte”, expresa. El restaurante —ubicado en el piso de arriba— dejó de funcionar hace una década. “Lo reconvertimos en un lugar para celebrar banquetes”, señala. Vílchez reconoce que el local entró en agonía cuando él decidió pasar más tiempo en Granada. “Mi interés por la hostelería disminuyó. Zeluán es el último negocio que he tenido. Lo he disfrutado”, afirma.
El emprendedor dice que el bar es un punto de inflexión en su existencia: el paso de una etapa de ambiciones materiales a otra más espiritual: “Llevaba años con el sentimiento de cerrar un ciclo en mi vida. Lo tengo muy asumido: estoy contento, lo afronto con alegría”. Aún queda el último brindis.