La alfarería de Arjonilla, derrotada por la falta de ventas

Poco pueden hacer los alfareros de Arjonilla para hacer frente a una crisis que dejó en estado crítico al resto. Los turistas pasan de “souvenirs” y, como consecuencia, ellos se quedan sin vender. Estos productos artesanos ya no entran en las casas y los maceteros, por ejemplo, se compran de plástico.  Este municipio, que vivió momentos de máximo esplendor, aunque también sufrió varios vaivenes, no encuentra salida a su situación. Quizás por eso muchos vecinos sean conscientes de que se tienen que “buscar la vida” en otros sectores. 

    19 jun 2012 / 11:00 H.


    El presidente de la Asociación de Alfareros de Arjonilla, Jacinto Castillo Castro, apunta que, en estos momentos, están “bajo mínimos” y retrocede en el tiempo para recordar cómo surgió este tipo de negocios en un pueblo que tiene poco más de 3.800 habitantes. “Ha habido una gran transformación, pero calculo que este mercado comenzó en los años cuarenta. Primero estaban los antiguos tejares y se mezcló la alfarería, con las tinajas, los botijos y los utensilios. Hubo tejares que se transformaron y otros que desaparecieron. Poco a poco, se buscaron otro tipo de piezas, artículos de decoración pintados a mano”, especifica. “También cambió la forma de trabajar. Ahora cada vez hay menos torneros, se innovó y se comenzaron a utilizar las máquinas”, añade. Y con ello, los empresarios de Arjonilla incrementaron considerablemente la producción. Pasaron de producir unas cien piezas diarias a las seiscientas o más. Incluso, como detalla Castillo, antes había grandes fábricas, que se fraccionaron. “Hoy muchos de los propietarios eran antiguos empleados”, explica. 
    Esas historias quedaron para el recuerdo y, en la actualidad, a esos empresarios nos les queda otra que aguantar y esperar a que pase la tempestad. “En estos momentos nos sobran los torneros, los hornos y las máquinas. No hay producción”, lamenta el presidente de los alfareros, que ejemplifica la situación por la que atraviesan: “En las fábricas en las que antes había treinta, ahora quedan tres o cuatro y, como mucho, seis personas. Es cierto que no se han cerrado, en otras quienes quedan son los dueños”. Y es que, en los tiempos que corren, no se tiene en cuenta la calidad artesanal de los productos que elaboran. En este sentido, Castillo calcula que el número de empleados descendió alrededor del 70 por ciento. “Esas personas ahora están en el paro, y lo único que tienen es la campaña de la aceituna, pero con eso no basta”, apunta. Lo peor es que no cree que aquellos momentos de esplendor regresen, al menos, a corto o medio plazo, y otro de los problemas tiene que ver, según sus palabras, con los “mercados libres”. “Hoy es China, y mañana será otro país”, recalca Castillo. “Los precios a los que ellos venden son uno de nuestros principales problemas, y así es imposible competir. Todos tenemos derecho a una casa digna, y a un plato de comida, pero también a que todos podamos vender con igualdad de oportunidades”, explica, y asegura que esa “crisis mundial” comenzó, para los alfareros, con la entrada de artículos que, aunque no se igualaban en calidad, se podían adquirir demasiado baratos.
    Los empresarios, concluye el presidente del colectivo, realizaron importantes esfuerzos para salir hacia delante y, sin embargo, en la mayoría de los casos no vieron sus frutos. Por eso, muchos tuvieron que asumir su derrota.
    Silvia Ruiz Díaz /Jaén