02 abr 2014 / 22:00 H.
Desde Beas de Segura. Siempre que hablo del tema del Espíritu con un amigo interesado, antes o después ineludiblemente viene el tema de la muerte. Este es el momento en el que me dice que me calle y es que, el tema de la muerte, procuramos eludirlo de nuestro pensamiento. Nos causa dolor. Sabemos que en cualquier momento nos puede estar esperando para su ineludible cita. Es por ello que ante el temor de su proximidad nos aferramos a la vida y procuramos no pensar en el desenlace final. En contrapartida, tenemos a diario los noticieros anunciando lo que dicen las Sagradas Escrituras, sobre las guerras y los rumores de guerras, violencias, hambres, terremotos, etcétera, factores que producen las muertes que a diario vemos en los medios de telecomunicación, y que en cierto modo nos insensibiliza frente a este desenlace y temido final de abandonar nuestro cuerpo. Por otro lado el materialismo en el que nos vemos inmersos, para ganar más para tener más. Tan inmersos estamos también en las pasiones y en los ocios, no nos dejan lugar para apartarnos diariamente un tiempo para nosotros y reflexionar o considerar de una manera tranquila y constructiva nuestra permanencia aquí y ahora, así como nuestro posterior desenlace final. Recuerdo un matrimonio amigo que me refería hace poco que sus hijos solo viven para el hedonismo. Pero esto no es exclusivo del hombre de hoy, del hombre de nuestro tiempo. En todos los tiempos, el hombre ha tratado de perpetuarse alcanzando mayor longevidad. Y aún cuando su tiempo se acabara, le quedaba la ilusión de una continuidad de sí mismo en sus hijos y en los hijos de sus hijos, etcéteras. Pablo de Tarso, escribe en Romanos 13:12, “La noche está avanzada y se acerca el día. Bueno esto del cristianismo es una locura dicen los hedonistas. Teresa de Jesús fundadora aquí también en Beas de Segura escribió en respuesta al hedonismo “bendita locura”, y el apóstol Pablo escribió, “nuestra locura para el mundo es cordura para Dios”. Pues bien, según la lógica humana nos dirigimos hacia la noche, hacia la muerte. Pues no. Somos engendrados de nuevo mediante la fe en Jesucristo, por el Santo Espíritu de Dios, y somos hijos de la luz y del día. El mismo apóstol escribe en su primera carta a los Corintios 15: 54 en adelante: “Porque es necesario que esto corruptible, se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad, y cuando esto cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde esta muerte, tu aguijón? ¿Dónde está sepulcro, tu victoria? Siempre nos acompañarán como un lastre, ciertos enigmas que hoy no podemos descifrar, algunas preguntas para los que no hallamos ahora la adecuada respuesta: ¿Cuándo?, ¿dónde?, ¿cómo? Pero ya la muerte no es el temido final, porque si vivimos, para el Señor vivimos y si morimos, para el Señor morimos. Así que, sea que vivamos, o que muramos, del Señor Jesús somos. (Romanos 14:8). No hemos de esperar a la muerte para estar con Cristo, la muerte ha muerto con Cristo en la cruz, porque fue vencida con Su resurrección de entre los muertos. La muerte ha muerto, porque Cristo ha triunfado sobre ella en la cruz. La muerte ha dejado de ser. Y existirá para nosotros, que hemos creído en El, por la gracia de Dios, una continuidad de vida. Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida. ¿Cómo lo sabemos? En que amamos a los hermanos, nos dejó escrito Juan en su primera Carta 3:14. Pero, ¿lo hacemos? Ese es el problema. Lo que yo hago Pedro no lo entiendes ahora, pero lo entenderás después, le dijo Jesús en el lavatorio de los pies porque se negó a que el Maestro le lavara los pies. Aquel cuyos pies nosotros crucificamos, es precisamente quien a nosotros, nos lavó los nuestros, la noche antes de su crucifixión sabiendo que se los íbamos a crucificar. Esa es y no otra la garantía de nuestra salvación, que es por pura gracia, es decir gratis. Por gracia (gratis), sois salvos por medio de la fe, y esto no es de vosotros, si no que es Don de Dios, no por obras, para que nadie se enorgullezca, (Pablo a los Efesios 2:8-9). Es la gratui-dad de Su amor y si él nos amó así, ejemplo nos ha dado. Es por ello que la exhortación es hacer lo mismo entre nosotros, porque ejemplo nos ha dado. En la epístola a los Hebreos 2: 2-3 leemos: “porque si la palabra dicha por medio de los ángeles fue firme y toda transgresión y desobediencia recibió justa retribución. ¿Cómo escaparemos nosotros si descuidamos una salvación tan grande?” Para que su Gracia nos alcance, hemos de ocuparnos de nuestra salvación con temor y temblor. No estar tanto en la fiesta propiamente dicha, si no en el significado de la salvación a través de la sangre de Jesucristo como único “detergente”, capaz de limpiar nuestra alma del pecado, nos hará recapacitar y encontrar el sentido de la Semana Santa para nuestras vidas.