Inventores de mitos

Partiendo de aquella máxima de Goebbels según la cual una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad, el sociólogo W.I. Thomas defiende este principio: 'Si dos personas definen una situación como real, esa situación será real en sus consecuencias'.  El aserto de Thomas es, desde luego, más sutil y más eficaz que el de Goebbels para explicarnos cómo se crea un mito en la sociedad actual, donde la comunicación no tarda en acorralar a las mentiras hasta llegar a disolverlas.

    23 feb 2013 / 09:31 H.

    De tal modo que una mentira, por mucho que se repita, acabará siendo desenmascarada por la información, pero no las consecuencias que produjo mientras fue considerada verdad.

    En el caso del independentismo catalán, el principio de Thomas está actuando de un modo que se puede observar como se observa la construcción de un imaginario palacio destinado a que lo habiten seres libres de penuria y dichosos de proclamar su diferencia. De lo que se trata es de describir una realidad, la independencia de Cataluña, como si fuera un hecho consumado y de esperar que, como consecuencia, los catalanes asuman esa realidad inventada por políticos e intelectuales segregacionistas.

    El profesor Xavier Coller ha rastreado cómo los independentistas dan por hecho que Cataluña es un Estado e ignoran o ningunean cualquier nexo con el único Estado existente, el de España. De ahí arranca su modo de tratar a sus conciudadanos como si estuvieran contenidos dentro de una frontera decimonónica; de ahí, su obsesión de hablar siempre de Cataluña y España, y nunca de Cataluña y del resto de España; de ahí la invención de carencias o de agravios cuyo origen sitúan en Madrid o la de distorsionar la historia y los valores propios hasta convertir a los catalanes en objeto de derecho. Pero donde el principio de Thomas adquiere toda su fuerza para fabricar independentismo es con la creación de ese eslogan estrella con el que hoy nos inundan cualquier foro: el derecho a decidir. Como si no viviéramos en una democracia donde todo el mundo lo tiene. Como si el simple hecho de expresar el eslogan no equivaliera a inventar que Cataluña es una colonia que vive oprimida por el centralismo de Madrid. O como si aceptar un referéndum no fuera reconocer un sometimiento, anterior a la consulta, de aquella autonomía. Así las cosas, cabe esperar que la realidad se imponga sobre su sucedáneo inventado y se haga un poco de luz sobre el coste económico que supondría la segregación y, en especial, sobre el incierto futuro que tendrían ante sí las empresas catalanas.

    Es esperable también que el miedo a disentir con los gurús del nacionalismo sea vencido por los catalanes que quieren tener dos banderas o por los que temen que sus vidas queden empaquetadas por tantos y tan obsesivos metros de senyera. O por aquellos que, como el pirata de Espronceda, consideran que la única bandera posible es el ondear del viento y su única patria, la mar. 

    Salvador Compán es escritor