Gobierno de sastres
En las manos tengo el recibito expedido por la farmacia tras abonar la cantidad obligatoria por la retirada de las medicinas de mi suegra. Dentro de unas fechas cumplirá 102 años, pero entiende el retraso social que supone el copago sanitario. Lo entenderá más cuando la próxima semana tenga que abonar el precio total de otras medicinas que por decisión del Gobierno 'retrasista' de Rajoy han sido eliminadas del bienestar gozado.
Entre las cosas para las que reclamo una explicación como la que Denzel Washington pide a Tom Hans en Filadelphia, está la de por qué llamamos bandoleros a los que robaban a los ricos para dárselo a los pobres y no existe una definición concreta para los que restan ingresos a los pensionistas para salvar bancos fracasados e indemnizar a gestores y ejecutivos con una ética que puede recordar novelas sobre Billy el niño. Ella está a siete pasos del recibito, entretenida con “La Rueda de la Fortuna”, el programa de televisión con el que descansa tras su trajín de la mañana. Luego, por la tarde, tampoco perdona “Pasapalabra”, probablemente sea la adicta de mayor edad del didáctico programa. Tampoco entiendo por qué celebra que gente que desconoce se lleve un dinerito que tal vez les sirva para el copago de la Educación pública, que si no está en la agenda del Gobierno, tampoco hay que descartarlo con Wert de compañero de Mato. Después de guardar el papelito farmacéutico, pienso en la coherencia de Rajoy. Dijo que serían ministros las personas mejor preparadas, pero como es gallego ocultó que iban a ser especialistas en sastrería. Puede que sean necesarios, pero extraña que siempre corten la tela de los desfavorecidos. La sastra Báñez, que jamás tuvo empleo alguno, recortará a seis meses los derechos de los desempleados, y de Montoro parece conveniente repetir lo del cura al monaguillo, apaga y vámonos. Al paisano le importará poco porque se maneja en la oscuridad como los actores en “El fantasma de la Ópera”. Los funcionarios deben saberlo desde que cultivó desprestigiarlos para rebajarles el sueldo y quitarles pagas extraordinarias. El sastre de Hacienda apuntó que se pasan la mañana desayunando y otras holgazanerías que referenciará en sus familiares. Los funcionarios españoles, que conozco como compañeros en Jaén durante veintitantos años, son tan buenos como los mejores de cualquier parte del mundo, con las excepciones que confirmen reglas particulares y, en cualquier caso, si tienen un puntito menos que los franceses no es culpa suya, sino de quienes les mandan, esos que aparte de pagarles menos deberían estimar alternativas lógicas como considerar los cortes de salarios, que sí o sí hacen los sastres, como un préstamo al Estado que podrán recuperar cuando salgamos del socavón que ni ellos ni las suegras centenarias crearon.
J. J. Fernández Trevijano es periodista