Fulanillo
Alfredo tiene cincuenta y tres años, el rostro curtido por el sol inclemente de los trabajadores del campo, las manos callosas y la mirada limpia del que nada oculta. Lleva ocho años trabajando en una comunidad de regantes de un pueblo de nuestra provincia. Hasta hace unos días creía que acabaría su vida laboral arreglando tuberías de riego, pero no será así, el presidente de la comunidad, todopoderoso, ha decidido prescindir de sus servicios y no porque falte el trabajo, pues ha contratado a otra persona.
Este presidente hace y deshace a su antojo, tras muchos años ocupando el puesto considera que está por encima del bien y de mal. Y de ahí viene el título, del sabio refranero: “si quieres saber quién es Fulanillo, dale un carguillo”. Y hay muchos “carguillos” repartidos por nuestra geografía: presidentes de asociaciones de vecinos, de Ampas, de asociaciones empresariales, de cofradías de Semana Santa, de cooperativas agrícolas, etcétera. Hay gente que asume el cargo con voluntad y de forma desinteresada, que dedica sus horas sin pretender ninguna contraprestación, honorífica o económica. Pero hay otras personas que consideran que a cambio de su tiempo deben recibir algún tipo de emolumento o, al menos, el reconocimiento expreso de la sociedad. Y existe el que se le infla el ego hasta el punto de aplastar a los que están a su lado. A Alfredo lo que más le duele no es haberse quedado sin trabajo, sino que las personas que lo han echando son sus paisanos, sus vecinos, gente con la que se cruza todos los días, presidente y junta rectora, a los que no les ha temblado la mano para firmar su despido. Quizás en eso consiste la erótica del poder, en el placer insano de decidir sobre la vida de los demás, en no argumentar las decisiones arbitrarias, en dar una voz y esperar que el resto del mundo calle. ¡Y nos quejamos de nuestra clase política! Es fiel reflejo de nuestra sociedad. Nos endiosamos a la primera de cambio, sucumbimos al primer halago, propiciamos que nos admiren y, ¡cómo no!, en recompensa a nuestro trabajo “altruista” no dudamos en retribuirnos con comisiones, sobres y beneficios varios. Así nos va.
Felisa Moreno Ortega es escritora