Encanallados

Lo bueno que tiene eso de vivir en un pueblo pequeño o mediano, donde todo el mundo se conoce, es que la vida transcurre plácida y dulce, como un largo río tranquilo, imagen que repito hace décadas. Así es Jaén provincia, así son sus pueblos. Muy parecidos entre sí, rivalizando con el de al lado, compitiendo por ser cabeza de ratón en su comarca.

    06 mar 2013 / 17:42 H.

    Lo que tienen en común Begíjar, Peal, Cazorla, Bedmar o Baeza es la calidad derivada del afán diario, del pequeño hormiguero de caminos trillados. Donde el dominó, la peña taurina, la cofradía o la taberna ocupan el lugar que en las capitales ostentan el casino, la ópera, el club de golf o los restaurantes michelín. Muchos hemos optado por este modelo de vida agropecuario, alternativo al oropel excesivo y petulante de los madriles, también al provincianismo decadente de los jaenes del quiero y no puedo. No es que se viva mejor sin equipo en la Champions, sin Universidad de la que presumir, sin teatro vacío pero grande. Sin raíles para un tranvía fantasmal. Los de pueblo nos conformamos con lo bueno y con lo malo, y hasta acabamos sobrellevando el sorbito de maldades, el chorrito de chismorreo, esa chispa de maledicencia desocupada que uniformiza plazas y peluquerías, terrazas y tanatorios. Pero esa inmanencia petrificada de la vida en el pueblo, el gesto repetido año tras año, el síndrome de la fotocopia (boda tras boda, procesión tras procesión, todo un ritual de vueltas y revueltas) se ve alterado en ocasiones, de modo perceptible. Hace veinte años mis pueblos (tengo varios a los que amo sin razón, que en eso consiste el amor) eran básicamente aburridos. Hace diez la prosperidad de Bemeuves y Mercedes de diez kilos daban la nota. ¿Hoy? Una mescolanza de desazón y apatía, de incertidumbre y tristeza, de cabreo y abatimiento flota en la atmósfera la grisura del olivar bajo la lluvia. Nuestros pueblos, lunares blancuzcos en medio del monopolio verdoso, son espacios donde cada uno mira hacia el otro con recelo. Por qué le han dado la beca a la hija de mi amigo y no a la mía,  por qué han sacado a mi cuñado en la lista de los 15 jornales y no a mí, cómo es posible que mis vecinos, que no dan palo al agua, sigan comprando chuletas de cordero cada semana, de dónde saca María la pasta para salir con carros llenos del Carrefour, por qué tengo que pagar con mis impuestos los cuatrocientos y pico euros que mantienen a ese mano sobre mano, qué falta hace que el Ayuntamiento se gaste el dinero en ferias y artificios en medio de tanta necesidad. El aire estanco, adocenado e inmutable de nuestros pueblos ha cedido paso a una borrasca de mala leche contra todo y contra todos. Y el encanallamiento amenaza con arrasar un modo de vida que creíamos inmutable.

    Francisco Zaragoza es escritor