El silencio de los tomates
Todos tenemos alguna carencia expresiva. En mi caso es el lenguaje verbal. Años de danza, además de ayudarme con mi patética timidez, permitieron que se pudieran leer mis gestos. Al escribir, también suelo plasmar con justa intensidad mis emociones. Pero cuando hablo, la precisión se difumina entre balbuceos, llantos, cantos o entre silencios, como los de mis tomates.
Soy muy pesada con mi huerto. Lo sé. Es un cajón del tamaño de un futbolín, donde conviven, entre otros seres generosos, unos tomates cherry apretujados, que a diario me dicen que soy un desastre como hortelana. Como yo, ellos tampoco son expresivos hablando. Pero, si el 99,6% de todo lo que está vivo sobre el planeta son plantas, es una ingenuidad muy propia del género humano creer que no tienen cerebro o que no se comunican, solo porque no las escuchemos o porque se muevan o tomen decisiones en un tiempo más largo que nosotros. Hoy sabemos que las plantas tienen familia y si son parientes no compiten por el territorio, sino que lo dividen equitativamente. Además, si son atacadas por un patógeno, producen moléculas volátiles para que las demás preparen sus defensas. Y lo hacen porque en cada punta de sus raíces tienen células similares a nuestras neuronas, a través de las cuales son capaces de percibir parámetros físicos y químicos que comunican mediante impulsos eléctricos, en red. Ellas me han enseñado que hay silencios y silencios. Están los silencios cómplices que ocultan la verdad. Ese tipo de silencio que no puede existir en una democracia porque la mata. Como cuando ninguno de los miembros del Gobierno central comparece en el Parlamento para dar explicaciones, por ejemplo, sobre los errores de la infanta en la Agencia Tributaria, sobre el recurso al decreto andaluz antidesahucios, sobre el tabaco en Eurovegas, sobre el incidente de Evo Morales, sobre el copago y la dependencia, o sobre el “caso Bárcenas”. Pero también están los silencios cuya correcta intensidad los convierte en amplificadores de la verdad. En esos casos, el silencio es una forma de expresión dinámica que dibuja roces con lúcidas pinceladas. Ese es el silencio de mis tomates.
Sofía Casado es licenciada en Derecho