El secuestro emocional

Hace poco tuve ocasión de ver una de las películas más nombrada en la reciente entrega de Los Òscar. Detrás de un título no demasiado afortunado 'El lado bueno de las cosas' se esconde una historia llena de matices. Con la falsa apariencia de comedia liguera la trama nos desliza una generosa dosis de lo áspero y enrevesado de la condición humana.

    28 mar 2013 / 10:24 H.

    La abundante existencia de gags y una deliberada sencillez en determinados elementos del guion, enfatizan las aristas que en forma de perturbaciones psiquiátricas golpean al espectador casi sin que se dé cuenta. La digestión completa de la película va a necesitar más de un día, pero es ahí donde reside el encanto de lo que no es demasiado obvio. Mención aparte merece el protagonista masculino Pat, que tras pasar ocho meses en una institución mental por agredir al amante de su mujer, vuelve con lo puesto a vivir en casa de sus padres determinado a tener una actitud positiva y recuperar a su ex-mujer. Especialmente interesante es el comportamiento visceral e incontrolado que muestra en ocasiones, reflejando con verdadero acierto lo que hace años definió Daniel Goleman como “secuestro emocional”. El desarrollo de nuestro sistema nervioso central ha necesitado millones de años de evolución. Podríamos hablar de diferentes capas superpuestas que han aparecido en distintas etapas evolutivas. Una primaria es el cerebro reptiliano que regula las funciones fisiológicas involuntarias, ejerce el control sobre el hambre, la motivación reproductora, el ataque o la huida. Por encima del reptiliano, tenemos el sistema límbico, almacén de nuestras emociones y recuerdos. En él se encuentra la amígdala, que se activa especialmente con recuerdos de intensa carga emocional. Por último, tenemos la corteza y el neocórtex o cerebro racional, que es quien permite tener conciencia y controla las emociones, a la vez que desarrolla las capacidades cognitivas: memorización, concentración, resolución de problemas, habilidad de escoger el comportamiento adecuado. En la forma habitual de actuación, nuestro cerebro procesa la información y la dirige a la corteza cerebral, de allí pasa a la amígdala generándose determinadas emociones y reacciones, pero si el cerebro cree que hay algún peligro envía toda la información directamente a la amígdala olvidando al córtex y neocortex por lo que se va a producir una respuesta irracional y seguramente destructiva. Es decir ante una amenaza las decisiones las va a tomar tú yo más primitivo que fue diseñado para sobrevivir. De ahí que las personas especialmente predispuestas al secuestro emocional terminen arrepintiéndose de sus actos. Y es que, la mayor parte de la gente no puede obligarte a hacer algo que no quieres pero tú amígdala sí que puede.

    Javier Morallón es profesor de Biología