22 jun 2015 / 15:25 H.
El otro existe. El otro es el que es diferente a nosotros, por su sexo, su raza, su etnia, su religión, su nacionalidad. Nosotros somos “el otro” de quienes son diferentes a nosotros. Si nosotros no respetamos al otro el otro no nos respetará a nosotros, el respeto entre personas diferentes es la base necesaria de toda convivencia. Esto, que parece tan obvio, es el problema principal con el que nos estamos enfrentando en el siglo XXI. El planeta está asolado por enfrentamientos de todo tipo hasta el punto de que su propia supervivencia está en peligro. Quienes vivimos el final del siglo XX recordamos que, aparte de las teorías apocalípticas, esperábamos, con la llegada del nuevo milenio, una nueva época, mejor que la anterior, marcada por la tolerancia y la prosperidad. Pero no ha sido así, los fantasmas de dos guerras mundiales, de profundas desigualdades en todos los órdenes de la existencia, reviven con fuerza inusitada. No hay nada menos lógico que condenar al prójimo a la muerte cuando el planeta ofrece recursos para todos, y menos si esa condena se debe a motivos raciales, sexuales o ideológicos. Fukuyama diagnosticó su “Fin de la historia” para mucho antes. Baugman habló de sociedad líquida para la modernidad, no para la postmodernidad en la que estamos inmersos, si bien en España esta postmodernidad sólo puede ser irregular desde el momento en que no tuvimos una modernidad similar a los países de nuestro entorno. Todo vale, versa en cualquier tratado postmoderno, yo añado, aunque de nada sirva. Y es que si esta permisividad extrema sirve de algo con frecuencia es para rechazar lo diferente y emprender acciones para su destrucción. La modernidad líquida es una figura del cambio y de la transitoriedad: “los sólidos conservan su forma y persisten en el tiempo: duran, mientras que los líquidos son informes y se transforman constantemente: fluyen. Como la desregulación, la flexibilización o la liberalización de los mercados”, recuerdo con Bauman. Y es que Berman, en 1980, nos contó “cómo todo lo sólido se disuelve en el aire”, cómo la sociedad es un retazo de desuniones, restos de una vorágine de destrucción que nos acompaña en todo momento.