El molino del Cubo
El eterno retorno me trae a las raíces a proseguir en estas columnas estivales la búsqueda emprendida del alma de mi pueblo que se encuentra en sus gentes, paisajes, esquinas, oficios; sigo la construcción de este retablo lírico en el que discurre la vida de ese ser vivo que llamamos Torredonjimeno y que se forma de hombres y mujeres, historias, tradiciones, comidas, sueños y desvelos. Hogaño detendré mis paseos y mi mirada en los monumentos de mi pueblo, que tiene muchos y variados: religiosos, civiles, militares; en el campo, en la ciudad.
Son testigos mudos del pasado que nos interpelan con su grito evocador y vocación de pervivencia. El molino del Cubo —ya traté del paraje y su entorno— está a una legua de la ermita de los Santos en la depresión que forma el arroyo al que da nombre; fue construido por el maestre calatravo Luis de Guzmán en 1437; edificación singular fortificada, de forma cúbica —de ahí su nombre— tiene detalles arquitectónicos de mérito. Sobre los empiedros hay una amplia sala alta. Por tener tiene hasta un fantasma —un niño desvalido que nadie ha visto pero todos hemos oído— que pide a voces que nos ocupemos de él, para volver a ser útil al pueblo.
José Calabrús