25 mar 2014 / 23:00 H.
Desde Jaén. Somos muchas las personas que necesitamos confiar en alguien que no nos defraude; que cuando sufrimos dolor por injusticia, desprecio, incomprensión etcétera, cuando sentimos una gran soledad interior, y nos preguntamos: “¿Qué debo hacer en esta situación?”, alguien esté a nuestro lado. Cientos de veces hemos dicho y oído decir: “Hacer las cosas como Dios manda”. Entiendo que significa “abrirnos a la luz de su palabra”, que es verdad y vida, y actuar en consecuencia. Somos débiles, limitados, inestables; nos sentimos, muchas veces, a la deriva, sin rumbo fijo, amenazados. ¿Quién podría decir lo contrario? No encontramos el camino, como aquellos a quienes se refería y ayudaba Jesús, “porque andaban como ovejas sin pastor”; pero allí estaba y sigue estando él, nuestro pastor, nuestro guía, que sale a nuestro encuentro aunque no le veamos; nos aproxima a su corazón para que recuperemos la paz, el equilibrio, la fuerza, la serenidad. Con Cristo, aprenderemos a olvidarnos de nosotros mismos, para darnos a los demás, a tantos que se encuentran en condiciones mucho peores que nosotros (basta con que miremos a nuestro alrededor). Suprimiremos caprichos y gastos superfluos, para satisfacer necesidades básicas de muchas personas. ¡Cuantas cosas de nuestra vida, descubriremos que son mejorables! Y lo haremos desde nuestra debilidad y torpeza, porque contamos con el mejor aliado: Jesús. San Pablo nos dice: “Muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Él. Porque su fuerza se realiza en mi debilidad”. Para Dios no somos inferiores a San Pablo. Él no hace distinciones entre sus criaturas. Y sigue andando hoy, incansable, entre veredas y quebradas, en busca de la oveja perdida.