El bálsamo del delicado cariño
La amabilidad: endulza nuestras vidas, da aliento a nuestros decaimientos, potencia nuestra felicidad, da aire fresco: a nuestro diálogo, a nuestros quehaceres, a nuestra rutina de cada día. La amabilidad estimula nuestra sensibilidad emocional y destierra las rencillas y los encontronazos de cada día.
La amabilidad ha de ser nuestra compañera de camino y la compañera del camino de los demás; con ella el dolor físico o moral se apacigua y la tormenta de un posible desencuentro o un malentendido mutuo entre las personas se suaviza o se difumina. Al actuar así facilitaremos el camino de la vida a los demás; todos tenemos: preocupaciones, tristezas, sinsabores, dolores y amarguras y todos necesitamos el bálsamo de la amabilidad, el bálsamo del tierno y delicado cariño. Y así conseguiremos ser, unos para los otros, soportes sólidos de estabilidad emocional y pilares que sustenten el amor mutuo que todos necesitamos y que todos anhelamos. Y para hacer esto puedo pensar: “cuando salgo a la calle, cuando estoy: en mi trabajo, en el autobús, en un hospital, de compras, en una oficina: ¿Necesita alguien mí amabilidad? ¿Necesita alguien mi sonrisa? y al hacerlo así seremos con ello portadores de paz, mensajeros del mensaje de esperanza de Cristo Jesús, y muchos gracias a nuestra amabilidad recibirán el aliento estimulador que necesitaban.
RAFAEL GUTIÉRREZ AMARO / LINARES