Dónde están los ciudadanos
Quizás hoy me he levantado un poco triste, pero a un servidor, con tinta en las venas, se le quitan hasta las ganas de escribir y a veces hasta las ganas de hablar. Cuando uno no apuesta por la propaganda y sí por la información, cuando se aleja de argumentos dogmáticos y busca una base científica o apuesta por la diversidad y el rigor, no deja de sorprenderle y entristecerle el que ante el más mínimo atisbo de crítica hacia los dogmas del neoliberalismo imperante, la respuesta sea siempre la misma: la de tachar toda discrepancia como radical, como extremista, fundamentalista, fanática, populista o revolucionaria.
Queridos ciudadanos europeos, compatriotas, jiennenses, amigos y familiares, cuando acudan a la tienda, a la plaza de abastos, al colegio, a la fábrica, al hospital, al campo…, y coincidan con alguien que opine que las políticas de austeridad son una barbaridad porque además se requiere un estímulo económico, no están ante un revolucionario. Solamente es alguien que ve la evidencia desastrosa y palpable de esas políticas. Si se encuentran a otro ciudadano que opina que el BCE, el Consejo Europeo, la Comisión Europea y el Fondo Monetario están causando el colapso de la demanda y la recesión que vivimos, no se asusten, no están ante un fundamentalista, solo es un señor que se rinde ante la evidencia científica. Cuando alguien les comente que no es necesario bajar los sueldos ni el salario mínimo porque no nos hará más competitivos ni venderemos más productos, no se echen las manos a la cabeza, solo están ante una persona que habla de unos datos reales y científicos que muestran únicamente una subida de los beneficios empresariales sin un aumento de las inversiones o la exportación. Si toman un café con alguno de sus amigos o con un familiar o conocido, el cual tiene precisamente unas inclinaciones políticas diferentes a las suyas o pertenece a alguno de los partidos por los que usted no tiene ninguna simpatía, y le sugiere ideas como la de que los costes de producción pueden reducirse a base de bajar los beneficios empresariales, no piense que su familiar o amigo, por ir en contra de esos economistas de prestigio que tienen y tuvieron responsabilidades gubernamentales, o por oponerse a los dogmas económicos, académicos y políticos de nuestro país, se ha vuelto un radical, un agitador o un fanático. Los ciudadanos, y en este nuestro país todavía estamos aprendiendo, tienen derecho a protestar y denunciar, a exigir rigor y diversidad. Y no solo eso, deben oponerse a los dogmas y falsedades de la sabiduría convencional, de la propaganda que elimina esa diversidad y acaba con la agitación intelectual y social. Eso es democracia.
Miguel Ángel Olivares es escritor